jueves, 2 de octubre de 2014

Frenar el pensamiento compulsivo

por Isabel Sala

¿Te ha pasado alguna vez que después de estar trabajando mucho rato en algo que absorbe tu atención, te vas a la cama y no puedes dejar de pensar en ello? Estás agotado, quieres dormir, y tu mente insiste en pensar y pensar, unas veces con coherencia y otras ni siquiera… Un bombardeo compulsivo de ideas que suenan como una radio de fondo con el volumen bastante alto y que no te deja dormir. Seguro que conoces la sensación… A veces ocurre cuando algo te preocupa y vuelve a tu mente una y otra vez desconcentrándote de la tarea en la que estás ocupado, o sencillamente cuando quieres pensar en otra cosa  y no puedes.

¿Cómo conseguir que la mente deje de pensar y nos permita dormir, o descansar, o trabajar en algo de nuestra elección? 

El hemisferio izquierdo de nuestro cerebro es el que utilizamos para hacer razonamientos, analizar… La buena noticia es que no puede hacer dos cosas a la vez: puedes estar pensando en una cosa y haciendo otra al mismo tiempo de forma automática, pero no puedes estar pensando en dos cosas a la vez. Quizás sí alternar pensamientos o razonamientos acerca de dos temas diferentes, pero no acerca de los dos a la vez.

Por ejemplo, puedes estar fregando los platos y dándole vueltas a una idea en la cabeza. Si el fregar los platos es algo que has hecho muchas veces y lo puedes hacer de forma automática, sin prestar atención, entonces tu cerebro es libre para entretenerse en un razonamiento que te hagas a ti mismo o a otra persona.

Para lo mismo cuando conducimos. Cuando estamos aprendiendo a conducir, toda nuestra atención está puesta en qué hacer en cada momento. Nuestro cerebro no puede permitirse el lujo de perder ni un poquito de esa concentración, e incluso la música de la radio del coche u otras personas hablando a nuestro lado nos molestan. Pero cuando somos conductores expertos podemos conducir de forma bastante automática y dedicar parte de nuestra atención a mantener una conversación con el copiloto o incluso a ordenar mentalmente las cosas que tenemos que hacer ese día sin que nos suponga un estrés adicional.

Cuando el hemisferio izquierdo entra en un bucle acelerado de pensamiento compulsivo (descontrolado), lo que tienes que hacer para pararlo es involucrarlo en un pensamiento controlado. Cualquier actividad mental que te requiera atención y concentración para llevarla a cabo te servirá. 


Si quieres practicar el parar tu pensamiento compulsivo, te sugerimos algunos ejercicios en el siguiente enlace: 


https://www.blogger.com/blogger.g?blogID=7072869440775708749#editor/target=post;postID=324088426644732857;onPublishedMenu=allposts;onClosedMenu=allposts;postNum=0;src=link

Responsabilizarse de la propia experiencia vital

por Isabel Sala


Cada uno de nosotros tiene una forma única de ver la realidad. La forma en la que vemos e interpretamos las cosas es subjetiva, no puede ser de otra forma. Es por eso que antes de criticar o juzgar a alguien es bueno recordar que no tenemos forma de saber cuáles son exactamente sus circunstancias o porqué esa persona ha elegido comportarse de la forma en que lo ha hecho, o decir lo que ha dicho.

Si estamos de acuerdo en que las cosas no pasan al azar, podemos aceptar entonces que cada situación, persona, o lugar con el que nos encontremos, nos resulte cómodo o incómodo, está ahí para que nosotros aprendamos algo a algún nivel o en algún aspecto.

Por supuesto también podemos partir del supuesto de que las cosas pasan al azar, y entonces cada vez que algo nos molesta, alguien nos dice algo que no nos gusta, etc, podemos maldecir nuestra mala suerte, sentirnos víctimas del mundo en general, o enfadarnos.

Cada uno elegimos nuestra forma de interpretar la realidad. Una misma circunstancia tiene infinitas formas de ser interpretada, y en función de la que elijamos, la calidad de nuestra experiencia vital será una u otra.

¿Qué hace falta para elegir una interpretación positiva frente a una negativa? ¡Nada! ¡Solo hacerlo! Las elecciones son un acto de la voluntad, instantáneo. Si eliges ver cada cosa que no te gusta o que te incomoda como una oportunidad de aprender algo bueno, podrás comprobar por ti mismo el cambio radical a mejor que da la calidad de tu experiencia vital.

Si eres de los que llevan mucho tiempo optando por el “enfado existencial”, sepas que una gran mayoría de los habitantes del planeta Tierra están en tu misma situación. No tienes más que enchufar la TV, encender la radio, o sentarte en una terraza y prestar atención a lo que habla la gente… Pero no pasa nada, todo tiene solución. Seguramente tu subconsciente pondrá en marcha ese patrón de respuesta negativa de forma automática cada vez que te enfrentes a algo que por alguna razón no te gusta, así que necesitarás practicar muchas más veces el patrón contrario para neutralizar el antiguo y automatizar el nuevo.

No te preocupes, es perfectamente posible hacerlo. El truco está solo en repetirlo cuantas más veces mejor. Cada vez que te des cuenta de que estás adoptando la actitud del enanito gruñón del cuento, elige en ese momento cambiar la interpretación que haces de las cosas que te pasan. No te desanimes si notas que tu tendencia es a lo negativo, porque tú eres dueño de tu vida y tienes por lo tanto el poder de cambiar tus tendencias si no te gustan.

Este simple ejercicio de elegir cambiar tu forma de interpretar las cosas que te pasan, te ayudará a darte cuenta de que eres tú el que creas tu experiencia vital. Qué liberador, ¿no? Si en algún momento te parece que no te gusta tu experiencia vital, o si no está mal pero te gustaría mejorarla, piensa en primer lugar cuál es tu actitud predominante en la vida. Entrénate con la mayor frecuencia que puedas en elegir interpretaciones positivas para las cosas que te pasan, y observa las consecuencias; te van a gustar…

¿Qué tal si eliges ser el creador de tu vida en lugar de la víctima? Prueba… ¿qué puedes perder? Cuando algo no te guste, antes de buscar responsabilidades fuera de ti (en los demás, en las circunstancias, en la mala suerte…), mira tu actitud y el contenido que tú eliges darle a lo que te acontece. Cámbialo y mira cómo te sientes ahora.

La actitud de ser los creadores de nuestra propia experiencia vital nos abre a la vida y nos empuja hacia delante; nos llena de poder. Nos ayuda a darnos cuenta de que está en nuestras manos hacer cosas para estar mejor, y de que no necesitamos para ello depender de lo que los demás quieran o no hacer desde su libertad (y su responsabilidad).

Cuando elegimos la actitud de víctima nos cerramos, sentimos que la vida nos oprime y nos acaba aplastando. Nos sentimos impotentes y dependientes de lo que los demás nos quieran dar o de lo que quieran hacer. A corto plazo puede atraernos simpatías, pero a medio y largo plazo no trae nada bueno.


 Te preguntarás tal vez, ¿por qué entonces hay tanta gente que elige el papel de víctima…?: porque obtienen muchos “beneficios” de ello. Pero esto es algo en lo que profundizaremos en otra publicación. 

Los estados de ánimo y cómo cambiarlos

por Isabel Sala


¿Qué tal si te digo que cambiar ese estado de ánimo bajo y triste por otro más positivo y lleno de energía no es tan difícil y que además está en tu mano hacerlo…?

El estado de ánimo puede ser consecuencia de un desequilibrio bioquímico en nuestro organismo. Un exceso de segregación de determinada hormona, o una mayor o menor concentración de algún elemento químico en nuestra sangre, pueden dar lugar a que nos sintamos hundidos y lo veamos todo negro. A veces estos desequilibrios son ocasionales y reversibles, y otras se “enquistan” y se hacen permanentes. En ocasiones el desequilibrio bioquímico se produce primero y sin intervención de nuestra parte, y el cambio del estado de ánimo es la consecuencia.

Cuando la situación es permanente y no está en nuestra mano cambiarla, hay que acudir sin duda a un buen especialista (endocrino o psiquiatra generalmente), para que nos recete las medicinas necesarias para corregirlo.

Pero muchas veces llegamos a esas situaciones de desequilibrios bioquímicos que requieren de fármacos para ser reversibles, a base de repetir durante mucho tiempo patrones de comportamiento que generan esos desequilibrios, que se agravan con el tiempo. En estos casos, además de corregir el desequilibrio bioquímico con medicinas, tenemos que cambiar los patrones de comportamiento que lo han generado. Si no lo hacemos, nunca podremos dejar las medicinas, porque constantemente estaremos destruyendo nosotros lo que las medicinas arreglan.

Aquellos que tienen desequilibrios bioquímicos no-enquistados, también generan dichos desequilibrios de forma constante aunque más breve en el tiempo y naturalmente reversible. Y lo hacen también con sus patrones de conducta. Estos estados de ánimo negativos ocasionales generalmente se agotan en el tiempo, pero mientras duran nos inmovilizan y sobre todo no nos sentimos bien.

Si el estado de ánimo que tenemos es positivo, nos lleva al optimismo, a tener una actitud abierta para intentar cosas nuevas, a movernos hacia delante en la vida, a disfrutar de los momentos. Estoy segura de que si os pregunto a cada uno qué estado de ánimo tendríais si pudieseis elegir, todos diríais que uno positivo. Yo también. Bien, pues vamos a aprender a cambiar el estado de ánimo (seguro que hay muchas formas de hacerlo, yo voy a compartir contigo una cuya eficacia hemos comprobado muchos de mis clientes y yo misma).

Las personas somos un todo compuesto por cuerpo y alma. Dentro de lo que llamamos cuerpo, incluimos el cuerpo propiamente dicho y la mente. Al ser un todo, lo que le pasa a nuestro cuerpo repercute en nuestra mente, y viceversa.

La forma en que nuestro cuerpo reacciona a nuestros pensamientos, son las emociones. Una persona que tiene continuamente pensamientos negativos hacia sí mismo o hacia los demás, difícilmente va a sentirse contento. Al contrario también es cierto. Haz la prueba…

Nuestros pensamientos tienen un papel determinante en la calidad de nuestra experiencia vital. Así que lo primero que tienes que cambiar para tener una experiencia vital más positiva, es lo que piensas. Y lo que piensas depende de dónde pones el foco de tu atención. Si lo pones en las cosas buenas que tienes en tu vida, generarás pensamientos positivos. Si lo pones en las cosas menos buenas, generarás pensamientos negativos.

Date unos momentos y fíjate dónde tienes puesta tu atención a lo largo del día. ¿En qué piensas? ¿Te centras en las desgracias del mundo y de tu vida, o en lo que en tu vida y en el mundo hay de bueno?

En función de dónde ponemos el foco de nuestra atención, así será también nuestro diálogo interno. Sin necesidad de estar locos, todos nos pasamos el tiempo hablando, bien en voz alta para comunicarnos con los demás, o bien hablándonos a nosotros mismos. Hay un ejercicio interesante que te recomiendo hacer si quieres reírte un rato: siéntate delante de una hoja en blanco o delante del teclado del ordenador, y durante solo 5 minutos, escribe absolutamente todo lo que pase por tu mente. Agotador… Breve ejemplo: “este post es demasiado largo, debería quitar lo del ejercicio……… uy que tarde! Me quedan solo 5 minutos para ir a recoger al niño del colegio, no voy a poder acabarlo…..…bueno da igual, lo acabo esta noche…….. sí, claro, esta noche…, si tengo un Skype a las 22:30, acabaré tardísimo….…bueno da igual, una cosa detrás de la otra……. qué calor!, otoño, ven!.......(suspiro)…….. tengo que lavar las cortinas del despacho….bueno, ya, se acabó el ejercicio…….”. Todo esto en aproximadamente 1 minuto! Ahora prueba tú y verás a lo que me refiero con el diálogo interno. Más bien es un constante parloteo de la mente, que en otro momento aprenderemos a controlar para disfrutar de los beneficios del silencio.

Lo importante ahora es que prestes atención al tono de tu diálogo interno. ¿Qué te dices? ¿Criticas, te quejas, expresas agradecimiento? ¿Qué adjetivos usas más para referirte a ti mismo o a los demás? Haz una lista: ¿son adjetivos de aprecio o de desprecio?

Si eliges poner el foco de tu atención en las cosas buenas que hay ahora en tu vida y cambiar tu diálogo interno para generar pensamientos más positivos, tu estado de ánimo va a cambiar a mucho más alegre y optimista de forma inmediata.

El efecto máximo lo conseguirás si además de cambiar el foco de tu atención y tu diálogo interno, lo acompañas con un cambio en tu fisiología. Si te sientes triste y hundido y vas a acostarte en el sofá y te tapas con una manta cabeza incluida, bajas las persianas y te quedas en penumbra, y para rematar el cuadro te pones una música de fondo melancólica que habla de un desamor, te garantizo que te hundes más. Si por el contrario te vistes y sales a la calle para que te del aire fresco en la cara, te sientas en una terraza a tomar un café, cambias tres frases con la persona que te vende el pan o la prensa, o te pones una música vibrante, vas sin duda alguna a sentirte mejor.


Cada momento de cada día de tu vida, puedes escoger el estado de ánimo que tienes. Cuando te sientas bajo de ánimo, examina brevemente ese  triángulo compuesto por el foco de tu atención, tu diálogo interno y tu fisiología. Si uno o más de estos elementos te están empujando hacia abajo, cámbialos y observa los efectos.

Si quieres poner en práctica lo que acabas de leer, tienes algunas ideas aquí: http://lagimnasiamentalyemocional.blogspot.com.es/2014/09/los-estados-de-animo-y-como-cambiarlos.html

sábado, 13 de septiembre de 2014

Acabar de salir del Opus Dei (IV).- Amor a sí mismo y egoismo

por Elena Longo


“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”.

No sigas leyendo, por favor. Párate, y pregúntate cómo has vivido hasta ahora este mandamiento fundamental. Cuando hayas visualizado situaciones vividas, consejos dados y recibidos, actuaciones realizadas a la luz de este mandamiento, sigues leyendo.

¿No es cierto que siempre pensamos que se nos pedía amar al projímo por encima de nosotros mismos?

¿Quizá aún lo percibes así? Entonces vuelve a leer las palabras de Jesucristo: “...como a tí mismo”.

¿Empiezas a darte cuenta? No “más”, sino “como”.

Y sigo preguntándote: ¿Puedes decir en verdad que te amas a ti mismo? ¿Puedes amarte a tí mismo sin sentir culpabilidad por ello?

¿Te das cuenta de que el amor por ti mismo es objeto de un mandamiento divino? No se trata tan sólo de un amor escatológico, un amor únicamente orientado a salvar el alma. Las parábolas de Jesús están llenas de situaciones ordinarias, cotidianas, y además nos avisa: “El Reino de Dios está dentro de vosotros”, desde ya nos encontramos en él, porque él se encuentra dentro de nosotros.

Es un mandamiento importante y definitivo –“un mandamiento nuevo os doy...”-, y resulta que si no aprendemos a querernos a nosotros mismos no somos capaces de amar auténticamente a los demás. Si piensas en cuántas veces, en los años que acabas de dejar a tus espaldas, te has entrenado en amar a tu prójimo y cuántas en amarte a ti mismo, quizá descubras que tienes bastante que recuperar en este aspecto.

No se trata de ir por la vida escuchando tan solo nuestras exigencias, aprovechándonos de los demás e imponiendo nuestros gustos. Se trata más bien de empezar a cuidar de nosotros mismos. ¡Cuídate! Vuelve hacia ti tu atención, escucha tu cuerpo, descúbrelo, silencia los principios y las teorías para lograr escuchar su voz, que por haber callado tanto tiempo ya es muy débil. Aprende a comer cuando tengas hambre y a descansar cuando estés agotado, a tomar un baño caliente para relajarte. A estar con los demás sin juzgar si valen o si son de selección, solo por darte el gusto de pasarlo bien con ellos. Concédete el lujo de hacer un regalo a quien quieres por el mero placer de ver su asombro y su alegría.

Poco a poco irás recuperando confianza contigo mismo, en el doble sentido de conocerte mejor y fiarte más de ti.

Nos enseñaron que las virtudes se encuentran en el justo medio: existe un “sano egoísmo”, a mitad entre la total falta de él y la forma mezquina y engreída de querer estar bien a cualquier costa.

Quien no sabe cuidar de sí, es muy difícil que sepa cuidar realmente bien de los demás. Puede meterse en cátedra y enseñar teorías, puede exigir porque se siente propietario de una verdad que los demás no llegan a poseer, pero no sabe quedarse discretamente al lado de los demás, escuchar sin sacar recetas, respetar sus tiempos, respetar unas dificultades que no conoce en primera persona, respetar un recorrido de vida distinto del suyo.


Hace años salió un libro cuyo título, por sí solo, era todo un tratado de sabiduría: “Lo hago por tu bien”. Y el subtítulo añadía: “los destinatarios de ese bien pueden reconocerse por la cara de perseguidos que tienen”.

Acabar de salir del Opus Dei (III).- Sinceridad y verdad

por Elena Longo


Otra virtud fundamental para quien vive en el Opus Dei es la sinceridad: se nos pedía ser “salvajemente sinceros” por pequeños que fueran los detalles objeto de esa sinceridad.

El ejercicio de esta forma de sinceridad nos ha llevado a una expropiación total de nuestra intimidad, a una indefensión total frente a los directores. Hemos vivido en la Obra con la seguridad, que nos inculcaron, de que esta exigencia de entrega nos llevaría a la santidad, y que lo que la Obra nos pedía era una forma de vivir las virtudes más heroica aún que la de los religiosos, que con su voto de obediencia no se obligan a “rendir el juicio” sino simplemente a obedecer en su fuero exterior.

Y puede pasar que cuando se sale del Opus Dei, los que intentaron vivir sinceramente esas exigencias se encuentren a menudo, quien más y quien menos, indefensos en su vida social de relaciones, incapaces de ejercer un sano juicio crítico para discernir cuándo y con quién es oportuno sincerarse, y cuándo, en cambio, es necesario defender la propia intimidad y las propias fragilidades.

El contenido de la sinceridad es la verdad, y no todas nuestras actuaciones tienen una referencia a la verdad de la misma fuerza e importancia. No es lo mismo inventarnos un compromiso por evitar un encuentro sin desagradar u ofender otra persona, que inventarnos una fidelidad o un amor hacia una persona que, por cualquier razón, ya no experimentamos.

Hay fundamentalmente dos ámbitos de sinceridad: la sinceridad hacia fuera, con los demás, y la sinceridad hacia dentro, con nosotros mismos y con Dios. La segunda forma es siempre necesaria para nuestra integridad; la primera, depende. Medir la sinceridad con los demás es una forma de cuidar de nosotros mismos, de responsabilizarnos de nuestros actos y de prevenir el daño que se nos puede derivar de quien sabemos o intuimos que puede mal utilizar nuestra sinceridad.

Dentro del Opus Dei estábamos imposibilitados para cuidar de nosotros mismos, la obligación de abrirse de par en par con las personas prescritas desde fuera no admitía excepciones, y si alguna vez se aceptaba nuestro requerimiento de cambiar la persona con la que hacer la charla o confesarse, eso era una excepción y seguía tiempos y modos decididos por otros.

La mentira en un niño es una forma de defensa de su Ego, es una habilidad y, en cierto sentido, una competencia. La educación enseñará al niño a enfrentarse a sus responsabilidades y a no meter esta habilidad al servicio de objetivos demasiados parciales o inmediatos en vista de un bien mayor. Pero para ejercer una virtud hay que ser libre, es decir en este caso, tener capacidad de no ser sincero y no obstante serlo por una libre opción, después de discernir la oportunidad de decir toda, o en alguna medida, la verdad.

Hace tiempo que me dí cuenta, con cierto asombro, que no existe ningún mandamiento que nos obligue a ser totalmente sinceros. El octavo mandamiento nos manda: “no dirás falso testimonio”. Es la falsedad que hace daño al prójimo lo que nos aleja de la verdad de nuestro ser, no la capacidad de guardar y de medir la verdad que estamos dispuestos a compartir.


Más aún que en el caso de la obediencia, en este caso, además que no ser una virtud de cristianos corrientes en medio del mundo, la sinceridad a la que fuimos obligados es más extrema que la que se les pide a los mismos religiosos, llegando a violar un derecho fundamental del ser humano, derecho que es al mismo tiempo un deber por referirse a la integridad de su identidad.

Acabar de salir del Opus Dei (II).- Obediencia y madurez en la vida moral

por Elena Longo


En tu reciente vida pasada de miembro del Opus Dei la obediencia ha sido una virtud muy enfatizada. Todos recordamos por ejemplo la afirmación del fundador, “obedeced y nunca os equivocaréis”. O esta otra,“en una obra de Dios el espíritu tiene que ser: obedecer o marcharse”. Estas afirmaciones hacían hincapié en citas del Evangelio o litúrgicas; el ejemplo que nos ponían a menudo era el de Jesucristo “factus oboediens usque ad mortem, mortem autem crucis”.

En nombre de la exigencia de esta obediencia hemos actuado nosotros también muchas veces, a lo largo de muchos años, y quizá de vez en cuando reprimiendo como espíritu crítico una vocecita que dentro de nosotros se rebelaba a algo que se percibía como dañino para alguna otra persona o quizá, hasta para nosotros mismos.

En los años que han pasado desde mi salida, muchas veces he vuelto a pensar en estas circustancias. Me pregunto, y te pregunto: ¿es realmente la obediencia –especialmente si es entendida de forma tan absolutizada como se entiende en el Opus Dei- una virtud de cristianos que quieren santificarse en el mundo? Aunque Jesús se hizo obediente hasta el extremo que hemos citado, ¿le impidió esto desobedecer a las autoridades legítimas, su padre y su madre, cuando por sus circunstancias especiales juzgó oportuno quedarse en Jerusalén sin avisarles? ¿O cuando enseñaba que el sábado es para el hombre y no el hombre para el sábado? Y he llegado a la conclusión de que lo que quizá puede ser virtuoso para un religioso, que testimonia y anticipa en su vida terrenal las realidades escatológicas, no lo es en absoluto para un cristiano cualquiera, llamado a vivir su fe en el mundo y en sus circunstancias personales e irrepetibles.

Jesús fue obediente a su Padre Dios y a las autoridades legítimas (pagaba los impuestos), pero sin que esta forma de obedecer le empujara a desenchufar su intelecto y le impidiera actuar en cada momento según lo que le dictaba su conciencia, aunque fuera contrario a lo que quería la autoridad en ese momento. No hay delegación de responsabilidad en la actuación moral. Por lo tanto quien “obedece siempre” puede estar muy sujeto a equivocarse.

Existe el riesgo evidente de que salir de este esquema de vida en el que fuimos “formados” con tanta fuerza e insistencia nos pueda resultar algo difícil, pero para aterrizar en el mundo real tenemos que aprender a vivir como adultos responsables, también en lo que se refiere a nuestra fé y a nuestra actuación moral. En el mundo real, el “espíritu crítico” (que es una cosa muy distinta de la murmuración, aunque nos dieron a entender que ambas cosas casi eran sinónimas) es una competencia que se adquiere con la madurez, y no debemos tener miedo de cultivarlo y ejercerlo, hacia las circunstancias concretas, hacia los demás y hacia nuestras mismas actuaciones.

No se trata de “juzgar”, se trata de evaluar, de discernir, si cada actuación importante que tengamos que realizar responde, y en qué medida, a las exigencias de respeto, de solidaridad, de caridad, de ética profesional, de justicia social, etc., que en el momento concreto se nos presentan, y asumir la responsabilidad de nuestra respuesta a la situación y quizá el riesgo de equivocarnos. Tantas veces nos hicieron meditar con la parábola de los talentos: los talentos se entierran cuando no nos atrevemos a gastarlos por el temor a equivocarnos y malgastarlos. Y nuestra libertad y nuestro sentido moral son unos de los talentos que recibimos al ser creados.

Ya oigo la vocecita que sale de tu interior: “Sí, pero la conciencia tiene que ser rectamente formada...”.Es cierto, pero puedo asegurarte que el último de los riesgos de quien acaba de salirse del Opus Dei es no tener suficiente formación en los principios de moral entendida en su más rígida interpretación. En cambio el riesgo concreto que sí se corre es el de tener una moral farisaica, muy exigente en lo que se refiere a las reglas y muy laxa en lo que se refiere a la caridad, a la comprensión, a la justicia, al no juzgar.


El consejo de hoy es: entrénate en criticar las reglas y a discernir cuáles tu conciencia “reconoce” y cuáles pueden ser infundadas o demasiado rígidas. Sin caer en los escrúpulos. De estos hablaremos en otra ocasión...

Acabar de salir del Opus Dei (I)

por Elena Longo


Del Opus Dei se puede salir de muchas formas: salir por propria iniciativa, luchando por conseguirlo, o “ser salido” con una comunicación de parte de los/las directores/ras que se enteraron que, al final, quizá no teníamos vocación.
Se puede salir salvando nuestra fe o ya sin ella, por el acumularse de tantos escándalos que sufrimos.

Se puede salir aún muy jóvenes, o después de diez, veinte, treinta años, con bastante o mucha edad encima.

Se puede salir con recursos profesionales y pudiendo mirar con cierta tranquilidad hacia el futuro, o sin trabajo por habernos ocupado hasta entonces de encargos internos o de trabajo en obras corporativas.
Se puede salir sabiendo que podemos confiar en una familia que nos va a apoyar psicológica y económicamente, o sabiendo que también para ellos somos una oveja negra que traicionó su llamada divina.

Y un largo etcetera.

Pero lo que me interesa profundizar en este post es lo de “acabar de salir” del Opus Dei, no quedarse en esa tierra de en medio en la que ya no somos del Opus Dei, pero no acabamos de aterrizar en otro mundo.  Cuando ya no estamos autorizados –ni queremos- a saludarnos con “Pax” y contestar “In aeternum”, pero quedan dentro de nosotros estructuras mentales y de personalidad que nos encarcelan en un mundo que no podemos ya reconocer como nuestro, que nos rehúsa, pero que tampoco logramos superar y dejar ir definitivamente.

No se trata de renegar de nuestro pasado, por largo o breve que sea. Renegar del pasado significa hundirlo en el inconsciente, quizá removerlo, con el riesgo de tener que revivirlo con otras formas o apariencias. No aprender las lecciones que nos puede impartir. Puede ser muy arriesgado. El pasado hay que asumirlo, mirarlo con perspectiva, llegar a evaluarlo con sentido crítico y solo entonces perdonarlo y superarlo en un presente fecundado por esta experiencia, en la que el pasado está presente pero ya solo como humus de comprensión, de equilibrio, de prudencia, de madurez. Y aunque para alguien pueda ser un cambio de perspectiva casi instantáneo, para la mayoría es un proceso que no se puede acelerar y forzar, que puede necesitar de un tiempo largo de meses y hasta de años, y que podemos solo facilitar, pero no exigir que se realice de repente. Porque es una maduración interior, y toda maduración necesita de los tiempos ritmados y lentos de la naturaleza.

Hay que trabajar en nuestro interior y en nuestro exterior para ir desestructurando esquemas de vida antinaturales y que nos han llevado al hastío, al alejamiento de nuestra identidad, a la perdida de la ilusión y de la energía vital. Hay que desmantelar los esquemas rígidos en los que hemos encerrado nuestras vidas y volver a recuperar nuestra espontaneidad, la ilusión que en nuestra juventud nos empujó a entregarnos a un ideal. Hay que recomenzar desde donde nos interrumpimos, sabiendo al mismo tiempo que no es la misma cosa recorrer un camino en la edad justa de la vida o en otra más tardía.


Ya iremos profundizando en post sucesivos algunas de estas estructuras que puede ser oportuno remodelar.