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miércoles, 3 de diciembre de 2014

El Triángulo Dramático (IV): Profundizando la relación Víctima/Perseguidor

Isabel Sala


Como vimos hace unas semanas en la publicación de Elena El Triángulo Dramático (II),el Perseguidor es un papel simbiótico con el de la Víctima. Nunca aparecen separados, siempre que haya una persona que se coloque en el papel de Víctima, necesitará encontrar un Perseguidor que lo justifique. Y siempre que alguien adopta el papel de Perseguidor ha escogido una Víctima a la que perseguir (controlar, culpar, castigar, juzgar, criticar de forma destructiva…).

Es importante recordar que el Perseguidor no es siempre una persona, sino que puede ser también una circunstancia (la crisis financiera, el coche que me han robado, la lluvia que no cesa…) o una condición (cada vez tengo más canas, me aumentan las dioptrías con la edad, una enfermedad que nos limita…).

Al buscar un Perseguidor, la Víctima está rechazando tomar la responsabilidad por las cosas que le ocurren y no le gustan. Atribuir una causa externa a lo que nos pasa parece que nos exime de hacer algo para cambiarlo (no depende de nosotros el hacerlo) y nos deja inermes e indefensos ante los acontecimientos. La Victima se siente impotente, porque le da al Perseguidor toda la capacidad de cambiar las cosas y asume su falta de voluntad para hacerlo, con lo que se siente atrapada. Cuando de hecho no es que al Perseguidor le falta la voluntad de cambiar las cosas para un mayor bien de la Víctima, sino que no es él quien debe hacerlo sino la Victima misma: cuando algo no te gusta, siempre hay algo que puedes hacer; básicamente puedes cambiarlo, apartarte de ello, o aceptarlo. 

Un sentimiento que se desarrolla con mucha frecuencia por la Víctima es el resentimiento hacia lo que considera su Perseguidor. Este resentimiento le mueve a colocarse a su vez en papel de Perseguidor en cuanto tiene oportunidad para vengarse. Al cambiar a papel de Perseguidor, coloca al que era el Perseguidor en el papel de Víctima. 

El que es colocado por la Víctima en el papel de Perseguidor, con frecuencia no es consciente del rol que se le ha asignado, solo ve que otra persona le culpa de sus desgracias y reacciona de forma hostil o incluso agresiva hacia él, lo que con frecuencia le lleva a identificarse con el papel de Víctima que se le ha asignado. Es muy frecuente que ambos acaben viéndose como Víctimas y viendo al otro como su Perseguidor. Estas situaciones pueden enquistarse en el tiempo dando lugar a situaciones de bloqueo con difícil resolución. Solo se sale de ellas cuando una de las partes rechaza el papel de Víctima y se desentiende del “juego”.

Cuando el Perseguidor es una circunstancia, no hay una personalización pero sin duda la Víctima se toma las cosas de forma personal. “Todo me pasa a mí”, “estoy gafado”, “qué mala suerte tengo”, son frases que delatan a la Víctima de sus circunstancias. 

Prácticamente todos los Perseguidores son antiguas Víctimas, que temen más que nada el volver a serlo. Digamos que aplican eso de que la mejor defensa es un buen ataque… El Perseguidor al igual que la Víctima actúa desde el miedo, especialmente el miedo a perder el control, a no poder decidir por sí mismo, a no poder hacer lo que quiera, a que controlen hasta los detalles más pequeños de su vida. Así que para evitar que esto ocurra, intenta controlar él a los demás, imponiendo de forma radical y en ocasiones autoritaria sus opiniones, principios y creencias (de las más elevadas a las más básicas) a los demás. Para hacerlo, tiene que desacreditar las de los demás con la crítica nada constructiva, la burla y en general con el desprecio. 

Cuando estábamos todavía en el OD, andando el camino que nos acabaría sacando fuera, es probable que nos hayamos sentido, en algún momento al menos, perseguidos y maltratados, juzgados, rechazados, repudiados… Cuando salimos también. O que se nos impuso una forma de vivir y hacer las cosas con la que no estábamos de acuerdo pero que de alguna forma no pudimos hacer otra cosa que acatar (una oportunidad profesional que no se nos dejó aceptar, unos estudios que no se vio conveniente que hiciésemos, una visita a nuestra familia que no se autorizó, etc). Al salir, es fácil caer en la trampa del efecto péndulo, como decía Elena, e imponer nuestra voluntad hasta en lo más pequeño y por encima de las necesidades de todos los que tenemos a nuestro alrededor. Al habernos sentido Victimas de la falta de libertad, ahora nos empeñamos en hacer uso constante de ella, lo cual está bien, pero en ocasiones podemos incluso llegar a utilizarla como un modo de atacar al que fue nuestro Perseguidor: “que no me dejabais hacer esto?, pues ahora elijo hacerlo”. A lo mejor no siento la necesidad de hacerlo, o incluso me trae consecuencias poco deseables, pero lo hago porque me da la gana y que se fastidien. Me estoy colocando al hacerlo en el papel del Perseguidor y convirtiendo a las Institución en Victima haciendo lo contrario de lo que en ella se predica a propósito como una forma de  demostrarle que ya no tiene poder sobre mí. Nos empeñamos a veces en elegir hacer cosas que no nos hacen bien solo porque antes no podíamos hacerlas, o sencillamente porque son lo contrario de lo que se nos decía que hiciésemos. Como alternativa a esta reacción inconsciente del efecto péndulo, tenemos la opción de la respuesta consciente que nos lleva a ponderar la bondad de las cosas y a elegir conservarlas o descartarlas en función de dicha bondad solamente. 

En el polo opuesto a este nos colocamos cuando a pesar de estar desvinculados de la Institución nos empeñamos en seguir en el papel de sus Víctimas, al consentir que tenga influencia sobre lo que hacemos y la forma en la que vivimos nuestra vida ahora. Cuando consentimos que condicione lo que hacemos o dejamos de hacer porque nos dan miedo las consecuencias del ejercicio de su poder sobre nosotros, estamos perpetuándonos en nuestro papel de Víctimas. Quiero remarcar que la prudencia en el obrar no es lo mismo que el miedo. Cuando nos gustaría hacer una cosa y no la hacemos porque tenemos miedo de las represalias que la Institución pueda tomar con nosotros, nos estamos poniendo de nuevo en el papel de Víctima impotente y colocando al OD en el papel de Perseguidor poderoso que nos impone su voluntad (o no nos permite hacer la nuestra, que viene a ser lo mismo). Cuando por el conocimiento que tenemos de la Institución elegimos no hacer determinadas cosas que en otras circunstancias sí que haríamos, con la intención de que no imposibiliten la consecución de algún objetivo concreto de nuestra elección, entonces estamos siendo prudentes. En el primer caso le damos el poder a la Institución y en el segundo lo tenemos nosotros. Una Víctima con poder no es Víctima.

Cuando nos damos cuenta de que criticamos a menudo lo que hace o dice el OD como Institución o lo que hace alguien que nos conste que es del OD por el mero hecho de que lo es; cuando nos encontramos en la necesidad interior de dudar siempre y de antemano de las intenciones y de sospechar de lo que hace alguien que sabemos que es del OD; cuando criticamos de forma sistemática y destructiva todo lo que tiene la más mínima relación con el OD sin averiguar si quizás aquella cosa concreta puede ser acertada en esas circunstancias; cuando juzgamos con más severidad a una persona cuando sabemos que es miembro del OD; cuando somos más intransigentes con los que sabemos que son miembros de la Prelatura; cuando nos erigimos en jueces de sus acciones porque pretendemos acertar sus intenciones; cuando asumimos las razones que les mueven a actuar o a no hacerlo; etc, etc, etc, nos estamos colocando, aunque de forma inconsciente, en el papel de Perseguidores buscando una salida al dolor que sentimos en su día como Víctimas. La trampa está en que de esta forma solo reforzamos nuestro propio papel de Víctimas, porque lo volvemos a hacer presente, lo volvemos a actualizar cada vez que actuamos como Perseguidores del que consideramos nuestro antiguo Perseguidor. La única forma de salir de este círculo vicioso y destructivo es abandonar conscientemente el papel de Víctima y adoptar el papel de Creador de nuestra propia vida. Pero eso lo veremos en más detalle en una próxima publicación.


miércoles, 12 de noviembre de 2014

El Triángulo Dramático (III)

Isabel Sala


En las anteriores publicaciones, Elena nos explicó en qué consiste el Triángulo Dramático, que está formado por una serie roles y los patrones de comportamiento que estos roles llevan asociados, y que todos adoptamos de forma inconsciente cuando interactuamos con los demás desde una orientación victimista. Dadas las implicaciones que esa dinámica tiene en nuestra calidad de vida (a peor…), en las siguientes publicaciones vamos a profundizar en ella con la idea de que aprendas a identificarla en tu día a día, como paso previo y necesario a deshacerte de ella o a disminuir lo más posible su intensidad o la frecuencia con que adoptas cada uno de esos roles.

El Triángulo Dramático (en adelante TD), lo conforman como vimos tres roles, que la persona adopta alternativamente. El papel central es el de la Víctima, que es el que adoptamos cuando sentimos como si otras personas o situaciones estuviesen actuando sobre nosotros y no tuviésemos capacidad para hacer nada al respecto más que sufrirlas. A veces da la sensación de que somos atacados y otras se trata de una adversidad. Puede percibirse como un menosprecio, o como un maltrato, o incluso como una pérdida de control sobre lo que nos pasa. El segundo papel es el del Perseguidor, que es el que se percibe como la causa –persona, condición o circunstancia- de las calamidades que ocurren a la Víctima. Y por último el Salvador, que es el que interviene en favor de la Víctima y la libera del daño que le causa el Perseguidor.

Todos jugamos estos roles de forma más o menos intensa y frecuente en nuestro día a día, y el hacer el esfuerzo por identificar y entender los patrones de comportamiento que en nuestro caso concreto llevan asociados, es el primer paso para conseguir romper este ciclo de victimismo. Con la idea de ayudarte en este esfuerzo, en sucesivas publicaciones vamos a describir con más detalle cada uno de los papeles o roles, para que te sea más fácil seguirles la pista.

Profundizando el papel de Víctima:

La víctima puede estar a la defensiva, ser sumisa, excesivamente servicial o acomodaticia a los deseos de otros, adoptar una actitud pasivo-agresiva en los conflictos, depender de otros para tener sensación de la propia valía, ser extra susceptible, o incluso manipuladora. Está con frecuencia enfadada, o resentida, o envidiosa. No reconoce su propio valor y/o se siente avergonzada de sus circunstancias.

Si te das cuenta, el ser sumiso, rendir la voluntad hasta en lo más pequeño, vivir el espíritu de servicio hasta el extremo de ser alfombra donde pisen nuestros hermanos, rendir el gusto propio ante el gusto de los demás, son aspectos en los que se insiste hasta la saciedad en el Opus Dei, hasta el punto de que mucha gente cuando sale no sabe qué cosas le gustan, por ejemplo. Del mismo modo que estas son características de la Víctima, cuando se promueve intensamente esa forma de actuar en una persona, ésta se acaba sintiendo una Víctima y genera un resentimiento y un enfado más o menos intensos hacia lo que identifica como su Perseguidor, en este caso claramente el Opus Dei. No es infrecuente, seguro que recuerdas muchos casos concretos en algunos de los cuales posiblemente eras tú la o él protagonista, en los que te has sentido Víctima y has reaccionado colocándote de forma sistemática a la defensiva, has adoptado actitudes pasivo-agresivas en tu relación con los Directores (Perseguidores), o te has vuelto muy susceptible ante todo lo que se te decía. También es fácil que después de muchos años en la institución te cueste ser consciente de todo tu valor personal y que te sientas avergonzado de alguna forma por haber estado tanto tiempo creyéndote una forma de vida de la que ahora te sientes tan ajeno.

Todas las Víctimas han experimentado una pérdida –un deseo o aspiración frustrada- incluso si no son conscientes de ello. Puede tratarse de una pérdida de libertad, o de salud, o del sentido de seguridad mínimamente necesario. Puede tratarse de una pérdida de identidad o incluso de “realidad”, como ocurre cuando una creencia sobre la que basábamos nuestra vida de repente se hace añicos.

Cuando se ha estado construyendo la vida sobre unos cimientos que se asumían sólidos e inquebrantables y un día se da uno cuenta de que no solo no lo eran, sino que se han venido abajo de forma estrepitosa, la sensación inicial es la de que nuestra realidad se desmorona. Por eso al dejar el Opus Dei es importante (cuantos más años pasados dentro, más importante) tomarse un tiempo para entender lo que ha pasado, de los cimientos destrozados recuperar lo que nos pueda servir o queramos conservar y minimizar de esta forma el sentido de pérdida para no caer en el victimismo.

La Víctima siente que ha perdido el control, cree que la vida no puede cambiar a mejor. Adoptando esa postura uno se siente impotente, indefenso, desamparado, sin esperanza y a merced de fuerzas “ocultas”. La Víctima reacciona ante esto con frecuencia con depresión o vergüenza; siente pena de sí misma.

Cuando al dejar el Opus Dei no nos damos un tiempo prudencial para evaluar la situación real que tenemos después del terremoto que acaba de sacudir nuestra vida, cuando nos precipitamos a tomar decisiones acerca de aspectos importantes e incluso trascendentes de nuestra vida sin tener claro lo que ha pasado, porqué ha pasado y la situación real en la que nos encontramos, es bastante probable que tomemos decisiones equivocadas que traerán irremediablemente consecuencias indeseadas. Al haber sido adoctrinados durante muchos años en la idea del rejalgar que nos esperaba si dejábamos la barca del Opus Dei, es probable que identifiquemos esas consecuencias indeseadas con dicho rejalgar haciendo realidad la maldita profecía, cuando en realidad esas consecuencias están con frecuencia vinculadas a las decisiones que tomamos después de salir. Entonces nos sentiremos indefensos, impotentes, sin esperanza de que las cosas puedan ir a mejor y a merced de fuerzas ocultas. Víctimas de nuestra traición al Opus Dei aunque en ocasiones nos neguemos a admitirlo de forma directa especialmente de cara a los demás. Las cosas no son fáciles al salir del Opus Dei especialmente cuando hemos pasado muchos años dentro en labores internas, como sacerdotes, etc, pero si adoptamos el papel de Víctimas de la institución solo las haremos más difíciles.

La identidad de la Víctima es la de “pobre de mí”. Esa forma de verse a sí mismo y a su experiencia vital, determina cómo se relaciona con los demás y con el mundo. El victimismo esconde de hecho una considerable cantidad de ego.

Los sentimientos que tiene la Víctima están basados en el miedo y producen ansiedad de varios tipos. Cuando el ser humano siente miedo está programado para reaccionar ante él, y lo hace de forma instintiva bien peleando, huyendo, o quedándose paralizado. Cuando está paralizado por el miedo se para y no hace nada que le acerque o le aleje de la causa de su miedo. Evita la responsabilidad porque piensa que su experiencia vital está más allá de su control. Por eso el aceptar la responsabilidad sobre la propia experiencia vital, como explicaba Elena en la segunda entrega del Triángulo Dramático, es un paso decisivo para abandonar el papel de Víctima.

Cuando adoptamos la posición de Víctima, estamos hiper-vigilantes, siempre anticipando (o intentándolo) el siguiente episodio de sufrimiento que tendremos que afrontar. Todo lo que vemos en la vida son problemas y más problemas, y esos problemas –bien sean personas o circunstancias- se convierten en nuestros Perseguidores, los causantes de nuestra miseria, que siempre tiene de esta forma su origen en causas externas a nosotros.

En el caso de los que hemos pertenecido al Opus Dei durante más o menos años de nuestra vida, esa hiper-vigilancia y ese estar siempre preparados para el siguiente golpe que se nos va a asestar, es algo que con frecuencia se queda enquistado y es costoso deshacerse de ello. Una de las formas que adopta, que no la única, es la del miedo al Perseguidor, al que identificamos con la Obra, y del que estamos constantemente esperando golpes bajos. Nos sentimos, incluso estando completamente desvinculados de la institución, Víctimas de sus malas artes, de su largo brazo, de su red de poder y manipulación. No nos atrevemos a decir públicamente nada en su contra a menos que sea desde detrás de un pseudónimo, no nos atrevemos a apoyar ninguna causa que al Opus Dei le pueda ser incómoda aunque a nosotros nos pueda parecer una cuestión de la más básica justicia, etc… Encontramos mil y una razones, todas ciertas, lícitas y respetables, que justifican el que no lo hagamos. Pero de hecho no lo hacemos por alguna clase de miedo a la Institución de la que aún nos sentimos Víctimas (miedo a disgustar a algún miembro de nuestra familia o amigo, miedo/vergüenza a que se sepa que hemos pertenecido al Opus Dei, miedo a que nos suponga algún problema en el trabajo, miedo a que nos limite nuestra capacidad de acción, miedo a que el Opus Dei nos pueda causar algún mal indefinido pero que damos como cierto o al menos muy probable). Y en el caso concreto que nos ocupa, el peligro es muchas veces real (otras solo fruto de nuestra imaginación), pero el miedo es opcional.

Quiero aclarar que el miedo de cada persona es digno del mayor de los respetos y no se trata en absoluto de juzgarlo ni de empujar a nadie a que actúe en contra de su corazón, sino de que cada uno sea consciente de él (incluso aunque de momento no lo reconozca ante los demás). Porque ese miedo, disfrazado de lo que se quiera con tal de que parezca algo más dignamente aceptable, es un miedo no reconocido y por lo tanto no asumido, que nos coloca de hecho en el papel de Víctima y desde ese papel nos relacionamos con el mundo y en concreto con la Institución de una manera concreta, que va a tener consecuencias específicas. Consecuencias cuya responsabilidad es conveniente que en algún momento asumamos, como hemos visto anteriormente.


Cada persona sigue un camino que es el suyo y se merece todo nuestro respeto. Pero para cada persona es importante ser consciente de cómo está andando ese camino, si con libertad o con miedo. El miedo siempre resta libertad, y el saber aunque sea de forma inconsciente que realmente tenemos miedo nos posiciona inmediatamente en el rol de la Víctima: pobre de mí, que tengo un claro Perseguidor como causa externa de mis desgracias o infortunios, contra el que no puedo hacer nada porque es todopoderoso, que no me permite mejorar mis circunstancias vitales o no me permite tener la vida que yo querría tener porque me da miedo lo que pueda hacerme si lo intento. Es decir, que no me dejaba ser libre cuando estaba dentro y tampoco ahora que estoy fuera. Pobre de mí.

Identificar este rol en nuestra vida es el primer y más importante paso para elegir no interpretarlo.

sábado, 8 de noviembre de 2014

Elegir una actitud positiva



Isabel Sala


Imagina que una persona llamada Thú, sale de su casa un día cualquiera y se dirige a su lugar de trabajo en una oficina. El día es bonito, hace un sol brillante y una temperatura perfecta. Justo antes de entrar en la oficina, una persona a la que Thú no conoce, se acerca y sin mediar palabra le regala un cactus en una pequeña maceta. Uno de esos llenos de pinchos por todas partes. ¿Qué puede hacer Thú con ese cactus?

Después de la inicial sorpresa ante el inesperado regalo, puede elegir hacer muchas cosas, se me ocurre que para empezar puede o bien decir algo así como "ya estamos, ha tenido que venir el loco de turno a darme el cactus a mí. ¿Es que tengo cara de tonto? Siempre me dan a mí todos los cactus...". O también podría decir "Gracias! La verdad es que los cactus no son mis plantas favoritas, pero te agradezco el detalle, a ver qué puedo hacer con él"

Una vez encajado el inesperado e incómodo presente, Thú se dirigiría a su lugar de trabajo sin más dilación. Enchufaría posiblemente el ordenador, y mientras este cargaba todo el sistema operativo, Thú decidiría qué hacer con el cactus. Se me ocurre que podría por ejemplo elegir tirarlo directamente a la papelera; o podría agarrarlo con el mayor cuidado para pincharse lo menos posible, y colocarlo en algún lugar donde nadie corriese el riesgo de hacerse daño al rozarlo pero a la vez pudiese observarlo y quedarse con la parte estéticamente bonita que tiene; y por supuesto también podría decidir poner la maceta sobre el asiento de su silla y sentarse encima.

Pero no acaba aquí la cosa... Después de notar los terribles pinchazos del cactus al sentarse, Thú podría darse cuenta de que la decisión de colocar el cactus en el asiento de su silla no ha sido acertada y elegir agarrarlo y ponerlo en lugar seguro; pero también podría quedarse sentado sobre la silla durante 5 horas seguidas, sin levantarse, quejándose, sintiéndose una víctima y maldiciendo al chalado que le regaló el maldito cactus antes de que entrase en la oficina "Con el día tan bonito que hacía y lo contento que estaba yo...!". 

Sí, la historia parece tonta, pero piensa ahora en cuántas veces una situación poco agradable que te ocurre de la forma más inesperada te ha amargado el día. Cuántas veces te has enganchado en tu dolor y has dejado pasar una increíble cantidad de tiempo dando vueltas a las ofensas recibidas, quejándote de tu mala suerte, sintiéndote una víctima, en lugar de hacer algo concreto y eficaz para dejar de sentir ese dolor. 

Es una cuestión de actitud, y la actitud que adoptas en cada momento de cada día, está en tu mano elegirla. Una situación complicada puedes llamarla "problema" o "reto", puedes intentar pasarla por debajo arriesgándote a que te aplaste con su peso o pasarla por encima, puedes sentirte una víctima o sentirte agradecido por una nueva oportunidad para aprender.  

Por supuesto si el chalado le hubiese regalado a Thú un tulipán, no habría nunca sido tildado de chalado en primer lugar, y además todo habría sido más fácil. Pero en la vida hay cactus y tulipanes, y no tenemos el control sobre lo que nos van a regalar cada día, pero sí tenemos la capacidad de decidir en cada momento qué hacer, cómo responder, a lo que la vida nos regala.

lunes, 3 de noviembre de 2014

El Triángulo Dramático (I)

por Elena Longo


Hay una teoría psicológica que nos puede proporcionar algunas reflexiones útiles en nuestra situación de personas que acaban de salir de una institución totalizadora como el Opus Dei.

Antes de exponerla, creo que puede ser útil pararnos para hacer unas consideraciones: cuando hablamos de “teoría” hablamos de un “modelo de la realidad”, no de la realidad misma. Por esta razón habrá unos aspectos de la realidad que se escapan de este modelo. Esto no quiere decir que la teoría que estamos utilizando sea equivocada, sino que es más o menos útil para manejar nuestra realidad: este es su límite y su valor.

Como ninguna teoría llega a comprender toda la realidad, es posible utilizar en nuestra labor de reconstrucción varias teorías, según el trabajo que vemos más urgente realizar sobre nosotros mismos.

El Analisis Transaccional (AT) es una teoría psicológica enunciada por Eric Berne, que fija su atención sobre las relaciones interpersonales más que sobre la interioridad personal. Esta teoría describe entre otras cosas una forma de vivir e interpretar nuestras vivencias, que es interpretando unos papeles o roles concretos que quedan muy bien descritos por el llamado Triángulo Dramático:



 



 En muchas relaciones disfuncionales se actúa según estos papeles, que pueden ser interpretados indistintamente por una misma persona según la situación en la que se encuentra.

La “Víctima”

En los post recientes se ha hecho repetidamente alusión a la importancia de hacernos responsables de nuestra vida. Es muy importante entrar en esta óptica, porque también podemos interpretar nuestro paso por el Opus Dei como el resultado de una violencia que nos ha sido perpetrada.

Esta circunstancia puede ser cierta, pues la mayoría hemos sido captados en edad temprana, con insistencia hasta el acoso, quitándonos o al menos menguándonos la libertad interior con argumentos de autoridad y empujándonos a no buscar consejo y orientación en nuestros padres o en personas ajenas a la Institución.

Esto es cierto, digo, pero el asumir este enfoque no nos ayuda en absoluto a la hora de sanar el daño que nos ha causado esa coacción.

Por otro lado es también cierto que siempre tenemos la posibilidad de dejar de actuar como víctimas y empezar a actuar como dueños de nuestra existencia, sean cuales fueran nuestras circunstancias exteriores. Si no fuera así, no estaríamos aquí, ya fuera, intentando reconstruirnos de la forma mejor.

Ser Víctima solo es posible cuando nos minusvaloramos a nosotros mismos. Es importante darse cuenta de que no puede haber ni Perseguidor ni Salvador si no hay alguien dispuesto a hacer de Víctima. Dicho de otra forma: está  en tu poder, en cuanto tomas consciencia de obrar según un papel de Víctima, dejar de jugar este papel y cambiar las cartas sobre la mesa.

Una Víctima actúa porque sufre una violencia desde su exterior. En cualquier momento podemos decidir dejar de actuar según los empujes exteriores y empezar a actuar según nuestra consciencia y nuestras más hondas y auténticas necesidades.

Lo que nos impide salir del papel de Víctima es precisamente el no tener consciencia de estar interpretando este papel que hemos asumido. Cuando nos damos cuenta, se abre una posibilidad concreta de dejar de actuar así. La consciencia de sí mismo, la atención dirigida al presente y a la actuación concreta que protagonizamos en el momento presente, es la clave para salir de cualquier actitud disfuncional que nos afecte.

En este momento puede haber varios riesgos:

1. El primero sería dejar de actuar como hasta ahora para hacer todo lo contrario de lo que nuestro Perseguidor nos impone: volvernos unos rebeldes. Aparentemente esto es un cambio, pero en el fondo nada cambia: nuestras acciones siguen siendo condicionadas desde el exterior, y seguimos no haciendo lo que nace del centro de nuestro ser, sino empujados por estímulos externos. Seguimos no “actuando”, sino “reaccionando”, aunque nuestra reacción sea de signo contrario a la actuación anterior. Nuestra atmósfera interior se queda amargada y resentida, seguimos dejando toda la responsabilidad de lo que hemos vivido sobre quien nos ha engañado y esto nos impide empoderarnos de nuestra existencia.

2. El segundo riesgo es pasar a actuar como un Perseguidor. Esta forma de actuar puede ser muy sutil y, por esta razón, pasar totalmente desapercibida. Hay una forma de ser Víctima que es un disfraz del Perseguidor: cuando la Víctima acusa el Perseguidor de ser la única causa de sus sufrimientos. Acusar a alguien de algo (desconociendo y negando al mismo tiempo nuestra cooperación al daño que hemos recibido) es una forma muy sutil de perseguir a alguien. En este caso seguimos viviendo a la sombra de la Institución, aunque sea para combatirla. Como todo Perseguidor,  no nos damos cuenta de serlo, y justificamos nuestro engreimiento con la razón de combatir una batalla justa. Pero nuestra vida no gira alrededor de nuestras necesidades reales, no estamos orientados a la felicidad positivamente, a las sencillas satisfacciones de la vida cotidiana, a nuestra independencia o a nuestro crecimiento interior. Dentro de nosotros aún no encontramos paz, y como en el caso anterior seguimos actuando empujados por razones exteriores, determinadas por la actuación de los demás y no por razones de vida constructivas y personales.

3. El tercer riesgo es el de optar por seguir actuando como Víctima, aunque en un contexto distinto: vivir toda nuestra salida del Opus Dei con actitud de Víctima, recriminando, acusando, evitando inconscientemente conseguir éxitos para castigar a quien nos usó, como si nuestra salida hacia una forma mejor de vivir atenuara la culpa de quien nos ha hecho daño.


Por todo lo dicho, se reconoce en estos riesgos una actitud escondida de violencia, de desquite, de resentimiento, que si no logramos superar amargará nuestra vida, que seguirá dando vueltas alrededor de la órbita de la Institución.


Los medios que nos permitirán salir positivamente del papel de Víctima son los mismos que nos permitirán salir de los otros dos papeles, y por esta razón hablaremos de ellos al final de la exposición. Sin embargo, ya es posible adivinar que la salida está en negarse a alimentar el juego del triángulo perverso.

jueves, 2 de octubre de 2014

Responsabilizarse de la propia experiencia vital

por Isabel Sala


Cada uno de nosotros tiene una forma única de ver la realidad. La forma en la que vemos e interpretamos las cosas es subjetiva, no puede ser de otra forma. Es por eso que antes de criticar o juzgar a alguien es bueno recordar que no tenemos forma de saber cuáles son exactamente sus circunstancias o porqué esa persona ha elegido comportarse de la forma en que lo ha hecho, o decir lo que ha dicho.

Si estamos de acuerdo en que las cosas no pasan al azar, podemos aceptar entonces que cada situación, persona, o lugar con el que nos encontremos, nos resulte cómodo o incómodo, está ahí para que nosotros aprendamos algo a algún nivel o en algún aspecto.

Por supuesto también podemos partir del supuesto de que las cosas pasan al azar, y entonces cada vez que algo nos molesta, alguien nos dice algo que no nos gusta, etc, podemos maldecir nuestra mala suerte, sentirnos víctimas del mundo en general, o enfadarnos.

Cada uno elegimos nuestra forma de interpretar la realidad. Una misma circunstancia tiene infinitas formas de ser interpretada, y en función de la que elijamos, la calidad de nuestra experiencia vital será una u otra.

¿Qué hace falta para elegir una interpretación positiva frente a una negativa? ¡Nada! ¡Solo hacerlo! Las elecciones son un acto de la voluntad, instantáneo. Si eliges ver cada cosa que no te gusta o que te incomoda como una oportunidad de aprender algo bueno, podrás comprobar por ti mismo el cambio radical a mejor que da la calidad de tu experiencia vital.

Si eres de los que llevan mucho tiempo optando por el “enfado existencial”, sepas que una gran mayoría de los habitantes del planeta Tierra están en tu misma situación. No tienes más que enchufar la TV, encender la radio, o sentarte en una terraza y prestar atención a lo que habla la gente… Pero no pasa nada, todo tiene solución. Seguramente tu subconsciente pondrá en marcha ese patrón de respuesta negativa de forma automática cada vez que te enfrentes a algo que por alguna razón no te gusta, así que necesitarás practicar muchas más veces el patrón contrario para neutralizar el antiguo y automatizar el nuevo.

No te preocupes, es perfectamente posible hacerlo. El truco está solo en repetirlo cuantas más veces mejor. Cada vez que te des cuenta de que estás adoptando la actitud del enanito gruñón del cuento, elige en ese momento cambiar la interpretación que haces de las cosas que te pasan. No te desanimes si notas que tu tendencia es a lo negativo, porque tú eres dueño de tu vida y tienes por lo tanto el poder de cambiar tus tendencias si no te gustan.

Este simple ejercicio de elegir cambiar tu forma de interpretar las cosas que te pasan, te ayudará a darte cuenta de que eres tú el que creas tu experiencia vital. Qué liberador, ¿no? Si en algún momento te parece que no te gusta tu experiencia vital, o si no está mal pero te gustaría mejorarla, piensa en primer lugar cuál es tu actitud predominante en la vida. Entrénate con la mayor frecuencia que puedas en elegir interpretaciones positivas para las cosas que te pasan, y observa las consecuencias; te van a gustar…

¿Qué tal si eliges ser el creador de tu vida en lugar de la víctima? Prueba… ¿qué puedes perder? Cuando algo no te guste, antes de buscar responsabilidades fuera de ti (en los demás, en las circunstancias, en la mala suerte…), mira tu actitud y el contenido que tú eliges darle a lo que te acontece. Cámbialo y mira cómo te sientes ahora.

La actitud de ser los creadores de nuestra propia experiencia vital nos abre a la vida y nos empuja hacia delante; nos llena de poder. Nos ayuda a darnos cuenta de que está en nuestras manos hacer cosas para estar mejor, y de que no necesitamos para ello depender de lo que los demás quieran o no hacer desde su libertad (y su responsabilidad).

Cuando elegimos la actitud de víctima nos cerramos, sentimos que la vida nos oprime y nos acaba aplastando. Nos sentimos impotentes y dependientes de lo que los demás nos quieran dar o de lo que quieran hacer. A corto plazo puede atraernos simpatías, pero a medio y largo plazo no trae nada bueno.


 Te preguntarás tal vez, ¿por qué entonces hay tanta gente que elige el papel de víctima…?: porque obtienen muchos “beneficios” de ello. Pero esto es algo en lo que profundizaremos en otra publicación.