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sábado, 13 de septiembre de 2014

Acabar de salir del Opus Dei (III).- Sinceridad y verdad

por Elena Longo


Otra virtud fundamental para quien vive en el Opus Dei es la sinceridad: se nos pedía ser “salvajemente sinceros” por pequeños que fueran los detalles objeto de esa sinceridad.

El ejercicio de esta forma de sinceridad nos ha llevado a una expropiación total de nuestra intimidad, a una indefensión total frente a los directores. Hemos vivido en la Obra con la seguridad, que nos inculcaron, de que esta exigencia de entrega nos llevaría a la santidad, y que lo que la Obra nos pedía era una forma de vivir las virtudes más heroica aún que la de los religiosos, que con su voto de obediencia no se obligan a “rendir el juicio” sino simplemente a obedecer en su fuero exterior.

Y puede pasar que cuando se sale del Opus Dei, los que intentaron vivir sinceramente esas exigencias se encuentren a menudo, quien más y quien menos, indefensos en su vida social de relaciones, incapaces de ejercer un sano juicio crítico para discernir cuándo y con quién es oportuno sincerarse, y cuándo, en cambio, es necesario defender la propia intimidad y las propias fragilidades.

El contenido de la sinceridad es la verdad, y no todas nuestras actuaciones tienen una referencia a la verdad de la misma fuerza e importancia. No es lo mismo inventarnos un compromiso por evitar un encuentro sin desagradar u ofender otra persona, que inventarnos una fidelidad o un amor hacia una persona que, por cualquier razón, ya no experimentamos.

Hay fundamentalmente dos ámbitos de sinceridad: la sinceridad hacia fuera, con los demás, y la sinceridad hacia dentro, con nosotros mismos y con Dios. La segunda forma es siempre necesaria para nuestra integridad; la primera, depende. Medir la sinceridad con los demás es una forma de cuidar de nosotros mismos, de responsabilizarnos de nuestros actos y de prevenir el daño que se nos puede derivar de quien sabemos o intuimos que puede mal utilizar nuestra sinceridad.

Dentro del Opus Dei estábamos imposibilitados para cuidar de nosotros mismos, la obligación de abrirse de par en par con las personas prescritas desde fuera no admitía excepciones, y si alguna vez se aceptaba nuestro requerimiento de cambiar la persona con la que hacer la charla o confesarse, eso era una excepción y seguía tiempos y modos decididos por otros.

La mentira en un niño es una forma de defensa de su Ego, es una habilidad y, en cierto sentido, una competencia. La educación enseñará al niño a enfrentarse a sus responsabilidades y a no meter esta habilidad al servicio de objetivos demasiados parciales o inmediatos en vista de un bien mayor. Pero para ejercer una virtud hay que ser libre, es decir en este caso, tener capacidad de no ser sincero y no obstante serlo por una libre opción, después de discernir la oportunidad de decir toda, o en alguna medida, la verdad.

Hace tiempo que me dí cuenta, con cierto asombro, que no existe ningún mandamiento que nos obligue a ser totalmente sinceros. El octavo mandamiento nos manda: “no dirás falso testimonio”. Es la falsedad que hace daño al prójimo lo que nos aleja de la verdad de nuestro ser, no la capacidad de guardar y de medir la verdad que estamos dispuestos a compartir.


Más aún que en el caso de la obediencia, en este caso, además que no ser una virtud de cristianos corrientes en medio del mundo, la sinceridad a la que fuimos obligados es más extrema que la que se les pide a los mismos religiosos, llegando a violar un derecho fundamental del ser humano, derecho que es al mismo tiempo un deber por referirse a la integridad de su identidad.

Acabar de salir del Opus Dei (II).- Obediencia y madurez en la vida moral

por Elena Longo


En tu reciente vida pasada de miembro del Opus Dei la obediencia ha sido una virtud muy enfatizada. Todos recordamos por ejemplo la afirmación del fundador, “obedeced y nunca os equivocaréis”. O esta otra,“en una obra de Dios el espíritu tiene que ser: obedecer o marcharse”. Estas afirmaciones hacían hincapié en citas del Evangelio o litúrgicas; el ejemplo que nos ponían a menudo era el de Jesucristo “factus oboediens usque ad mortem, mortem autem crucis”.

En nombre de la exigencia de esta obediencia hemos actuado nosotros también muchas veces, a lo largo de muchos años, y quizá de vez en cuando reprimiendo como espíritu crítico una vocecita que dentro de nosotros se rebelaba a algo que se percibía como dañino para alguna otra persona o quizá, hasta para nosotros mismos.

En los años que han pasado desde mi salida, muchas veces he vuelto a pensar en estas circustancias. Me pregunto, y te pregunto: ¿es realmente la obediencia –especialmente si es entendida de forma tan absolutizada como se entiende en el Opus Dei- una virtud de cristianos que quieren santificarse en el mundo? Aunque Jesús se hizo obediente hasta el extremo que hemos citado, ¿le impidió esto desobedecer a las autoridades legítimas, su padre y su madre, cuando por sus circunstancias especiales juzgó oportuno quedarse en Jerusalén sin avisarles? ¿O cuando enseñaba que el sábado es para el hombre y no el hombre para el sábado? Y he llegado a la conclusión de que lo que quizá puede ser virtuoso para un religioso, que testimonia y anticipa en su vida terrenal las realidades escatológicas, no lo es en absoluto para un cristiano cualquiera, llamado a vivir su fe en el mundo y en sus circunstancias personales e irrepetibles.

Jesús fue obediente a su Padre Dios y a las autoridades legítimas (pagaba los impuestos), pero sin que esta forma de obedecer le empujara a desenchufar su intelecto y le impidiera actuar en cada momento según lo que le dictaba su conciencia, aunque fuera contrario a lo que quería la autoridad en ese momento. No hay delegación de responsabilidad en la actuación moral. Por lo tanto quien “obedece siempre” puede estar muy sujeto a equivocarse.

Existe el riesgo evidente de que salir de este esquema de vida en el que fuimos “formados” con tanta fuerza e insistencia nos pueda resultar algo difícil, pero para aterrizar en el mundo real tenemos que aprender a vivir como adultos responsables, también en lo que se refiere a nuestra fé y a nuestra actuación moral. En el mundo real, el “espíritu crítico” (que es una cosa muy distinta de la murmuración, aunque nos dieron a entender que ambas cosas casi eran sinónimas) es una competencia que se adquiere con la madurez, y no debemos tener miedo de cultivarlo y ejercerlo, hacia las circunstancias concretas, hacia los demás y hacia nuestras mismas actuaciones.

No se trata de “juzgar”, se trata de evaluar, de discernir, si cada actuación importante que tengamos que realizar responde, y en qué medida, a las exigencias de respeto, de solidaridad, de caridad, de ética profesional, de justicia social, etc., que en el momento concreto se nos presentan, y asumir la responsabilidad de nuestra respuesta a la situación y quizá el riesgo de equivocarnos. Tantas veces nos hicieron meditar con la parábola de los talentos: los talentos se entierran cuando no nos atrevemos a gastarlos por el temor a equivocarnos y malgastarlos. Y nuestra libertad y nuestro sentido moral son unos de los talentos que recibimos al ser creados.

Ya oigo la vocecita que sale de tu interior: “Sí, pero la conciencia tiene que ser rectamente formada...”.Es cierto, pero puedo asegurarte que el último de los riesgos de quien acaba de salirse del Opus Dei es no tener suficiente formación en los principios de moral entendida en su más rígida interpretación. En cambio el riesgo concreto que sí se corre es el de tener una moral farisaica, muy exigente en lo que se refiere a las reglas y muy laxa en lo que se refiere a la caridad, a la comprensión, a la justicia, al no juzgar.


El consejo de hoy es: entrénate en criticar las reglas y a discernir cuáles tu conciencia “reconoce” y cuáles pueden ser infundadas o demasiado rígidas. Sin caer en los escrúpulos. De estos hablaremos en otra ocasión...