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martes, 27 de enero de 2015

La Orientación Victimista

por Isabel Sala


Cada uno de nosotros tenemos una orientación frente al mundo, un punto de referencia, una posición mental que determina nuestra dirección en la vida. David Emerald, en su libro The Power of TED*, lo compara muy acertadamente con una brújula.  La brújula nos facilita un punto de referencia indicándonos cuál es el Norte y a partir de él podemos trazar una ruta. Nuestra orientación, o nuestro punto de partida mental, tienen mucho que ver con la dirección que tomamos en nuestra vida. Es decir, que nuestra orientación determina bastante lo que será nuestra experiencia vital.

Aquello en lo que ponemos el foco de nuestra atención va a condicionar nuestra forma de actuar. Cualquier cosa en la que ponemos el foco de nuestra atención va a provocar en nosotros algún tipo de respuesta emocional, un estado interno. Por ejemplo, si nos sentamos en un camino de montaña y nos dedicamos a observar por un rato las cumbres, los prados y las vacas pastando en ellos, es fácil que sintamos un estado interno de calma y serenidad. Ese estado interno nos motivará a actuar de una determinada forma; motivará nuestro comportamiento. Siguiendo el ejemplo anterior, el estado interno de calma y serenidad puede movernos a reducir nuestra velocidad y a la contemplación o la introspección, por ejemplo, lo cual es por lo general más complicado si nos sentamos en un banco de una avenida muy transitada de cualquier gran ciudad.

En la Orientación Victimista, el foco se pone en un problema. La Víctima pone su foco de atención en su Perseguidor al que identifica como la causa de sus males; o el Perseguidor en la Víctima, a la que ve como un problema. El problema puede ser una persona, una condición o una circunstancia de nuestra vida como ya vimos en publicaciones anteriores.

El poner la atención en un problema nos genera invariablemente un estado interno de ansiedad, que es el estado interno habitual de la Orientación Victimista y que puede ir desde un cierto malestar o molestia hasta un auténtico terror. Ese estado interior de ansiedad pone en movimiento un comportamiento, que es como una especie de reacción, y que suele ser bien luchar, marcharse o quedarse paralizado.

La mayoría de las personas pasan una parte muy importante de su tiempo buscando soluciones a problemas de todo tipo; los problemas constituyen el centro de su vida, lo que recibe toda su atención.

Cada uno de los tres roles que conforman el Triángulo Dramático ve a los otros roles como problemas a resolver.

Cuando funcionamos con la Orientación Victimista, tenemos la ilusión de que estamos reaccionando frente a un problema, cuando de hecho estamos reaccionando frente a la ansiedad que nos genera ese problema. No nos movemos tanto para solucionar el problema actuando sobre sus causas, como para terminar con el malestar que nos provoca la ansiedad. Si no sentimos ansiedad perdemos la motivación para hacer algo al respecto del problema. Así que de hecho si seguimos esta Orientación, necesitamos de problemas para seguir moviéndonos!

Si la acción que llevamos a cabo para disminuir la ansiedad es eficaz, ésta disminuirá pero el problema seguirá ahí intacto porque no hemos actuado sobre él. La menor ansiedad “nos dará la sensación” de que las cosas están mejor y nos relajaremos, pero es cuestión de tiempo que el problema vuelva a emerger generándonos cada vez mayor ansiedad. 

Esos problemas que parecen volver de forma recurrente una y otra vez en nuestra vida, con casi total seguridad nos mantienen funcionando dentro de una Orientación Victimista. Los problemas prácticamente nunca se resuelven desde una Orientación Victimista. Para solucionar un problema de raíz, generalmente es necesario poner nuestra atención en el medio y largo plazo, y en la Orientación Victimista esto no es posible porque al disminuir la ansiedad perdemos la motivación.

Un claro ejemplo de esto lo tenemos en los casos de maltrato de cualquier tipo: el verdugo maltrata a la víctima, luego le pide perdón y con ello reduce la ansiedad que le produce el sentimiento de culpa; las cosas van bien por un tiempo hasta que la vuelve a maltratar. Porque pidiendo y recibiendo perdón, ha reducido su sentimiento de culpa (mejora el malestar que le genera su estado interno) pero no ha actuado sobre la causa de esa violencia, que es el verdadero problema y sigue ahí intacto.

El Triángulo Dramático es la consecuencia de vivir con una Orientación Victimista. En dicho triángulo, como hemos visto, se dan solo tres posibles reacciones: pelear, marcharse, o quedarse paralizado. La Víctima puede enfrentarse a su Perseguidor y acabar intercambiando roles con él; o puede apartarse de él y buscar un Salvador que le proteja; o puede quedarse paralizada (puede quedarse bloqueada, paralizada, insensible ante el dolor que le produce el Perseguidor: adicciones de cualquier tipo, alcohol, juegos, trabajo, sexo...).

Generalmente cuando reaccionamos desde la Orientación Victimista, acabamos  agravando el problema que queríamos resolver. Por ejemplo: cuando una persona ha tenido relaciones personales en las que ha sido abandonada, no es infrecuente que desarrolle un miedo al abandono. Tiene como un radar que la hace hipersensible a los pequeños signos de que la otra persona va a abandonarle (pareja, amigo, etc) y empieza a reaccionar ante cada posible pista de que “algo va a salir mal”. Se vuelve insegura y dependiente. Se aferra con tanta fuerza y se concentra tan intensamente en esa relación, que la otra persona empieza a sentirse asfixiada o presionada y reacciona apartándose de ella. Que es exactamente lo que se quería evitar… Esto es así porque se reacciona actuando para disminuir el miedo que se siente de ser abandonado (emoción = estado interno) en lugar de actuar sobre el problema que lo causa (falta de autoestima, falta de seguridad en uno mismo, sentir que no se es suficientemente bueno para ser amado, etc).

Cuando estamos metidos en esta dinámica, creemos que nuestros problemas están “ahí afuera” creando nuestro sufrimiento y no nos damos cuenta de cómo nuestras propias reacciones contribuyen a ese sufrimiento. Pensamos que el dolor existe en nuestro entorno y si podemos arreglarlo ya sea luchando, huyendo, o quedándonos paralizados, nuestra vida será mejor o más fácil.

Hay Víctimas que son reales (guerras, abusos, hambrunas…). Pero si bien es cierto que algunas circunstancias no las generamos nosotros, también es cierto que la forma en que reaccionamos ante esas circunstancias puede generar todavía más sufrimiento y mantener este ciclo activo.


lunes, 26 de enero de 2015

El Triángulo Dramático (y VI): Cuando elijo ser el Salvador

por Isabel Sala


Para acabar con esta serie de publicaciones en las que hemos ido desmenuzando los distintos roles que forman parte del Triángulo Dramático, vamos a observar el papel del Salvador desde un punto de vista diferente: cuando somos nosotros los que elegimos colocarnos en ese papel y focalizar nuestra energía en salvar a alguien o nos dejamos arrastrar por alguna Víctima al papel de ser su Salvador.

Es frecuente que el Salvador se sienta rechazado o disgustado cuando la Víctima no hace lo que le sugiere que haga o no valora la ayuda que le brinda. Entonces se siente un mártir y cambia al papel de Víctima, convirtiendo a la Víctima en su Perseguidor(“con todo lo que me esfuerzo por ayudarte y tú no haces caso de lo que te digo, y así te va…”).
  
Igual que vimos en la publicación anterior pero en sentido contrario, en el tema que nos ocupa actuamos como Salvadores cuando de forma más o menos sutil intentamos imponer nuestra experiencia en el OD a otras personas que están dentro o que ya han salido. Cuando damos por supuesto que todo el mundo está mejor fuera del OD porque nosotros lo estamos, cuando damos por supuesto que todos deben salir del OD o de lo contrario no están siendo honestos.  Estamos de hecho intentando salvarles de algo que consideramos malo pero sin contar con su opinión y sin respetar su decisión al respecto. Cuando queremos que salgan y que salgan ya, cuando nos molesta que no nos hagan caso, cuando no respetamos y comprendemos que cada persona es ella con su conciencia y sus circunstancias, estamos de hecho intentando “salvarles” y sintiéndonos ofendidos porque no hacen caso de nuestros consejos o nuestra experiencia, porque sentimos que no somos bastante buenos como para que lo que decimos sea tenido en cuenta. Cuando nos empeñamos en hacerles ver las cosas como nosotros las vemos ahora sin conseguirlo, o cuando incluso lo rechazan y nosotros nos enfadamos y/o ofendemos por ello, estamos actuando como Salvadores transformados en Víctimas o incluso en Perseguidores.

Es importante darse cuenta de que cada persona es libre de seguir o no nuestros consejos en su propia vida y el hecho de no seguirlos no quiere decir que se equivoque (ni que nuestros consejos no sean fantásticos). Cada persona tiene un camino que andar (el suyo solamente) y lo anda lo mejor que sabe y puede en cada momento. Cuando se nos pide consejo o si pensamos que debemos dar nuestra opinión al respecto de lo que sea, somos de mucha más ayuda si somos capaces de darlo con desprendimiento, dejando un “espacio” de respeto para que la persona se sienta libre de aceptarlo o no. Es lo contrario de lo que aprendimos en el OD si te fijas, donde los consejos son órdenes tajantes (“un por favor es el imperativo más fuerte”) y donde no se deja el más mínimo resquicio para elegir libremente. 

Cada uno de nosotros podemos colocarnos en cualquiera de los tres papeles del Triángulo Dramático de forma más o menos permanente, pero por lo general los alternamos según las circunstancias. Con frecuencia permitimos que otras personas nos empujen a desempeñar un determinado papel. Estos tres papeles pueden ser obvios y  explícitos,  o sutiles y seductores. Por ejemplo, el Salvador puede ser una cerveza más, una partida de videojuego más, o un amigo que te dice "es tremendo eso que te han hecho, pobre..." mientras tú te quejas de algo que te ha pasado. Hay una fina y en ocasiones sutil línea que separa el escuchar a alguien para que se desahogue y el actuar como su Salvador. Cuando permitimos que una persona se desahogue narrando episodios negativos de su vida y al finalizar la conversación vemos que no ha habido ni un ápice de construcción en positivo, ni por su parte ni por la nuestra, es fácil que con la mejor intención hayamos estado jugando el papel de Salvador con esa persona.

Cuando se vive en este Triángulo Dramático, uno está constantemente mirando hacia afuera para justificar lo que le pasa, culpar a un tercero de sus miserias y desgracias y encontrar a algo o alguien que le salve y le haga sentir seguro y bien. Cuando se mira al pasado desde esta perspectiva, se le ve lleno de Víctimas, Perseguidores y Salvadores, y es fácil dar por supuesto que el futuro será más de lo mismo. Uno se siente vendido, sin capacidad de actuar sobre su vida, dependiendo de otros. Como sientes que has sido una Víctima en el pasado, proyectas tu futuro para evitar ser unaVíctima otra vez, con lo que es fácil que te conviertas en un Perseguidor del que en su día te persiguió a ti.


Cuando asumimos que esta es sencillamente la forma en la que son las cosas, esta creencia (falsa creencia) pasa a nuestro subconsciente y nos comportamos de esta forma, perpetuando el Triángulo Dramático y auto-cumpliendo nuestra propia profecía. Pero este triángulo es en realidad una mutación tóxica de lo que son las relaciones humanas. En próximas publicaciones veremos cómo salir de este triángulo y cuál es la alternativa a estos tres roles. 

lunes, 12 de enero de 2015

El Triángula Dramático (V): La tentación del "Salvador"

por Isa Sala


Como vimos en la publicación de Elena Longo El Triángulo Dramático (II), el Salvador es el que libera a otro de un confinamiento, peligro o mal. Puede también intentar aliviar o disminuir el miedo o algún otro sentimiento negativo de la Víctima. 

Al igual que ocurre con el Perseguidor, no es siempre una persona. La adicción al alcohol, a las drogas, al sexo, al trabajo, al juego....todas las adicciones, son de hecho una forma de rescatar a la Víctima de sentir unos sentimientos que le hacen daño o le son desagradables. Cualquier cosa que nos ayude a evadirnos o a escapar de una realidad que no nos gusta pero sin cambiarla de forma positiva, hace el papel de “salvador”.

Cuando una persona toma la iniciativa de colocarse en el papel de Salvador de otra, lo hace inicialmente con una sincera intención de ayudar, pero de hecho con frecuencia refuerza el papel de "pobre de mí" que tiene la Víctima, al decirle de forma implícita o explícita, "pobre de ti". Así que al final en lugar de apoyar y ayudar a la Víctima a tirar para arriba, lo que hace es reforzar su sensación de impotencia y de estar estancada, empujándola hacia abajo. Sin darse cuenta, permite que la Víctima se siga sintiendo poca cosa, aunque seguramente no hay nada más lejos de su intención. La Víctima en ocasiones se acaba incluso sintiendo culpable y avergonzada por necesitar ser rescatada y se vuelve dependiente de la acción salvadora. 

Este juego de roles, Víctima/Salvador, se da con mucha frecuencia en el Opus Dei, donde los Directores son los únicos transmisores de la voluntad de Dios para los miembros de la Institución a los que dirigen; hasta en lo más pequeño. Todo había que consultarlo, para todo nos tenían que dar permiso; porque “obedeciendo no nos equivocábamos”. Es decir, obedeciendo nos salvábamos, o dicho de otra forma, nos obligaban a obedecer para que nos pudiésemos salvar, como si aplicando nuestro propio criterio no fuésemos capaces de hacerlo, “pobres de nosotros”.

La aplicación sistemática de este patrón de comportamiento durante un periodo prolongado de tiempo, es fácil que desemboque en la sensación de necesitar siempre que alguien nos diga lo que tenemos que hacer, que nos dé permiso o nos autorice a hacer todo lo que hacemos y nos sintamos mal cuando hacemos algo que nadie ha autorizado –aunque sea lo más pequeño, como echarnos una pequeña siesta porque estamos agotados- , que no seamos capaces de tomar decisiones incluso de poca transcendencia por nosotros mismos, que desconfiemos de nuestro criterio y de la capacidad de nuestra conciencia para indicarnos el camino correcto. Por eso, cuando una persona deja el OD, es frecuente que note la tendencia a buscar algo o alguien que sustituya a los Directores y le proporcione certeza y seguridad en su nueva vida fuera de la Institución.

El mensaje del “Salvador” puede sonar más o menos así: “pobrecito, después de tanto tiempo en el OD no sabes cómo valerte por ti mismo, incluso puede que en lo material más básico, pero aquí estoy yo para ayudarte haciéndolo por ti o diciéndote desde mi experiencia qué es exactamente lo que tienes que hacer”. Este mensaje que en un primer momento puede resultar tentador porque nos facilita las cosas, suele tener consecuencias poco recomendables. Porque la verdad es que tú eres perfectamente capaz de tomar las decisiones necesarias para construir la vida que quieres vivir a partir de ahora. Si necesitas consejo o asesoramiento pídelo, todo el que necesites. No te apresures en tomar decisiones, tómate el tiempo que te haga falta, pero tienes que ser tú el director de la película de tu vida, no solo el protagonista. Porque nadie te conoce mejor de lo que tú lo haces, nadie (por mucho que te obligue a contárselo todo con una sinceridad salvaje...) tiene más información acerca de ti que tú mismo y por lo tanto si alguien puede sacar de ti lo mejor, ese eres sin duda alguna tú.

Lo que en el fondo mueve al Salvador es, al igual que le ocurre al Perseguidor, el miedo. El Perseguidor tiene miedo de perder el control y por eso controla, y el Salvador tiene miedo de perder el propósito, la razón de ser. El Salvador necesita una Víctima a la que salvar para aumentar su propia autoestima. Salvar a los demás le da un cierto sentido de superioridad que enmascara su miedo a sentirse insuficiente. El Salvador se siente bien consigo mismo a base de negar la capacidad de la Víctima para satisfacer sus necesidades por sí misma. Fomentan la dependencia de la Víctima hacia ellos haciéndose indispensables para que la Víctima tenga la sensación de "estar bien".

Esto no lo hacen generalmente de forma consciente y abierta, sino más bien de forma sutil y con frecuencia escondida tras una apariencia de “lo hago solo pensando en lo mejor para ti, para ayudarte, para que estés bien”. Pero ninguna ayuda que a corto, medio o largo plazo te reste capacidad de decidir por ti mismo, de ser autónomo e independiente en la gestión eficaz de tus emociones, es de hecho una verdadera ayuda. Es ponerte un pescado encima de la mesa todos los días en lugar de enseñarte a pescar, de forma que siempre necesites estar cerca de la persona que te suministra tu ración de pescado diaria para saciar tu hambre y poder sobrevivir. Es hacerte dependiente (o en este caso, que sigas siendo dependiente).

La experiencia de los demás a tu alrededor es sin duda algo valioso que puede serte útil como información, pero eres tú el único que anda la vida dentro de tus zapatos y por lo tanto el que tienes que crear tu propia experiencia a medida que vives. La experiencia vital es algo personal e intransferible que vamos generando a medida que tomamos nuestras propias decisiones. 

Por eso la figura de un Salvador puede resultar tentadora y muy cómoda sobre todo al principio, cuando nos sentimos perdidos en tantos temas a la vez, pero a medio y largo plazo solo consigue mantenernos en la inmadurez emocional y por lo tanto nos incapacita para liderar nuestra propia vida. Ocurre además con relativa frecuencia que los que se erigen en Salvadores de otros no tienen resuelta su propia vida de forma satisfactoria, y al ponerse a resolver la de los demás lo único que hacen es apartar la vista de sus propios problemas. Y nadie puede dar a los demás lo que no tiene…

El momento en el que te encuentras ahora puede parecerte sin duda complicado, pero si le das la vuelta es también una oportunidad excepcional para que tomes las riendas de tu vida y aprendas a confiar en tu criterio y tu conciencia al tomar las decisiones que irán dando forma a la vida que quieres vivir ahora.


miércoles, 3 de diciembre de 2014

El Triángulo Dramático (IV): Profundizando la relación Víctima/Perseguidor

Isabel Sala


Como vimos hace unas semanas en la publicación de Elena El Triángulo Dramático (II),el Perseguidor es un papel simbiótico con el de la Víctima. Nunca aparecen separados, siempre que haya una persona que se coloque en el papel de Víctima, necesitará encontrar un Perseguidor que lo justifique. Y siempre que alguien adopta el papel de Perseguidor ha escogido una Víctima a la que perseguir (controlar, culpar, castigar, juzgar, criticar de forma destructiva…).

Es importante recordar que el Perseguidor no es siempre una persona, sino que puede ser también una circunstancia (la crisis financiera, el coche que me han robado, la lluvia que no cesa…) o una condición (cada vez tengo más canas, me aumentan las dioptrías con la edad, una enfermedad que nos limita…).

Al buscar un Perseguidor, la Víctima está rechazando tomar la responsabilidad por las cosas que le ocurren y no le gustan. Atribuir una causa externa a lo que nos pasa parece que nos exime de hacer algo para cambiarlo (no depende de nosotros el hacerlo) y nos deja inermes e indefensos ante los acontecimientos. La Victima se siente impotente, porque le da al Perseguidor toda la capacidad de cambiar las cosas y asume su falta de voluntad para hacerlo, con lo que se siente atrapada. Cuando de hecho no es que al Perseguidor le falta la voluntad de cambiar las cosas para un mayor bien de la Víctima, sino que no es él quien debe hacerlo sino la Victima misma: cuando algo no te gusta, siempre hay algo que puedes hacer; básicamente puedes cambiarlo, apartarte de ello, o aceptarlo. 

Un sentimiento que se desarrolla con mucha frecuencia por la Víctima es el resentimiento hacia lo que considera su Perseguidor. Este resentimiento le mueve a colocarse a su vez en papel de Perseguidor en cuanto tiene oportunidad para vengarse. Al cambiar a papel de Perseguidor, coloca al que era el Perseguidor en el papel de Víctima. 

El que es colocado por la Víctima en el papel de Perseguidor, con frecuencia no es consciente del rol que se le ha asignado, solo ve que otra persona le culpa de sus desgracias y reacciona de forma hostil o incluso agresiva hacia él, lo que con frecuencia le lleva a identificarse con el papel de Víctima que se le ha asignado. Es muy frecuente que ambos acaben viéndose como Víctimas y viendo al otro como su Perseguidor. Estas situaciones pueden enquistarse en el tiempo dando lugar a situaciones de bloqueo con difícil resolución. Solo se sale de ellas cuando una de las partes rechaza el papel de Víctima y se desentiende del “juego”.

Cuando el Perseguidor es una circunstancia, no hay una personalización pero sin duda la Víctima se toma las cosas de forma personal. “Todo me pasa a mí”, “estoy gafado”, “qué mala suerte tengo”, son frases que delatan a la Víctima de sus circunstancias. 

Prácticamente todos los Perseguidores son antiguas Víctimas, que temen más que nada el volver a serlo. Digamos que aplican eso de que la mejor defensa es un buen ataque… El Perseguidor al igual que la Víctima actúa desde el miedo, especialmente el miedo a perder el control, a no poder decidir por sí mismo, a no poder hacer lo que quiera, a que controlen hasta los detalles más pequeños de su vida. Así que para evitar que esto ocurra, intenta controlar él a los demás, imponiendo de forma radical y en ocasiones autoritaria sus opiniones, principios y creencias (de las más elevadas a las más básicas) a los demás. Para hacerlo, tiene que desacreditar las de los demás con la crítica nada constructiva, la burla y en general con el desprecio. 

Cuando estábamos todavía en el OD, andando el camino que nos acabaría sacando fuera, es probable que nos hayamos sentido, en algún momento al menos, perseguidos y maltratados, juzgados, rechazados, repudiados… Cuando salimos también. O que se nos impuso una forma de vivir y hacer las cosas con la que no estábamos de acuerdo pero que de alguna forma no pudimos hacer otra cosa que acatar (una oportunidad profesional que no se nos dejó aceptar, unos estudios que no se vio conveniente que hiciésemos, una visita a nuestra familia que no se autorizó, etc). Al salir, es fácil caer en la trampa del efecto péndulo, como decía Elena, e imponer nuestra voluntad hasta en lo más pequeño y por encima de las necesidades de todos los que tenemos a nuestro alrededor. Al habernos sentido Victimas de la falta de libertad, ahora nos empeñamos en hacer uso constante de ella, lo cual está bien, pero en ocasiones podemos incluso llegar a utilizarla como un modo de atacar al que fue nuestro Perseguidor: “que no me dejabais hacer esto?, pues ahora elijo hacerlo”. A lo mejor no siento la necesidad de hacerlo, o incluso me trae consecuencias poco deseables, pero lo hago porque me da la gana y que se fastidien. Me estoy colocando al hacerlo en el papel del Perseguidor y convirtiendo a las Institución en Victima haciendo lo contrario de lo que en ella se predica a propósito como una forma de  demostrarle que ya no tiene poder sobre mí. Nos empeñamos a veces en elegir hacer cosas que no nos hacen bien solo porque antes no podíamos hacerlas, o sencillamente porque son lo contrario de lo que se nos decía que hiciésemos. Como alternativa a esta reacción inconsciente del efecto péndulo, tenemos la opción de la respuesta consciente que nos lleva a ponderar la bondad de las cosas y a elegir conservarlas o descartarlas en función de dicha bondad solamente. 

En el polo opuesto a este nos colocamos cuando a pesar de estar desvinculados de la Institución nos empeñamos en seguir en el papel de sus Víctimas, al consentir que tenga influencia sobre lo que hacemos y la forma en la que vivimos nuestra vida ahora. Cuando consentimos que condicione lo que hacemos o dejamos de hacer porque nos dan miedo las consecuencias del ejercicio de su poder sobre nosotros, estamos perpetuándonos en nuestro papel de Víctimas. Quiero remarcar que la prudencia en el obrar no es lo mismo que el miedo. Cuando nos gustaría hacer una cosa y no la hacemos porque tenemos miedo de las represalias que la Institución pueda tomar con nosotros, nos estamos poniendo de nuevo en el papel de Víctima impotente y colocando al OD en el papel de Perseguidor poderoso que nos impone su voluntad (o no nos permite hacer la nuestra, que viene a ser lo mismo). Cuando por el conocimiento que tenemos de la Institución elegimos no hacer determinadas cosas que en otras circunstancias sí que haríamos, con la intención de que no imposibiliten la consecución de algún objetivo concreto de nuestra elección, entonces estamos siendo prudentes. En el primer caso le damos el poder a la Institución y en el segundo lo tenemos nosotros. Una Víctima con poder no es Víctima.

Cuando nos damos cuenta de que criticamos a menudo lo que hace o dice el OD como Institución o lo que hace alguien que nos conste que es del OD por el mero hecho de que lo es; cuando nos encontramos en la necesidad interior de dudar siempre y de antemano de las intenciones y de sospechar de lo que hace alguien que sabemos que es del OD; cuando criticamos de forma sistemática y destructiva todo lo que tiene la más mínima relación con el OD sin averiguar si quizás aquella cosa concreta puede ser acertada en esas circunstancias; cuando juzgamos con más severidad a una persona cuando sabemos que es miembro del OD; cuando somos más intransigentes con los que sabemos que son miembros de la Prelatura; cuando nos erigimos en jueces de sus acciones porque pretendemos acertar sus intenciones; cuando asumimos las razones que les mueven a actuar o a no hacerlo; etc, etc, etc, nos estamos colocando, aunque de forma inconsciente, en el papel de Perseguidores buscando una salida al dolor que sentimos en su día como Víctimas. La trampa está en que de esta forma solo reforzamos nuestro propio papel de Víctimas, porque lo volvemos a hacer presente, lo volvemos a actualizar cada vez que actuamos como Perseguidores del que consideramos nuestro antiguo Perseguidor. La única forma de salir de este círculo vicioso y destructivo es abandonar conscientemente el papel de Víctima y adoptar el papel de Creador de nuestra propia vida. Pero eso lo veremos en más detalle en una próxima publicación.


miércoles, 12 de noviembre de 2014

El Triángulo Dramático (III)

Isabel Sala


En las anteriores publicaciones, Elena nos explicó en qué consiste el Triángulo Dramático, que está formado por una serie roles y los patrones de comportamiento que estos roles llevan asociados, y que todos adoptamos de forma inconsciente cuando interactuamos con los demás desde una orientación victimista. Dadas las implicaciones que esa dinámica tiene en nuestra calidad de vida (a peor…), en las siguientes publicaciones vamos a profundizar en ella con la idea de que aprendas a identificarla en tu día a día, como paso previo y necesario a deshacerte de ella o a disminuir lo más posible su intensidad o la frecuencia con que adoptas cada uno de esos roles.

El Triángulo Dramático (en adelante TD), lo conforman como vimos tres roles, que la persona adopta alternativamente. El papel central es el de la Víctima, que es el que adoptamos cuando sentimos como si otras personas o situaciones estuviesen actuando sobre nosotros y no tuviésemos capacidad para hacer nada al respecto más que sufrirlas. A veces da la sensación de que somos atacados y otras se trata de una adversidad. Puede percibirse como un menosprecio, o como un maltrato, o incluso como una pérdida de control sobre lo que nos pasa. El segundo papel es el del Perseguidor, que es el que se percibe como la causa –persona, condición o circunstancia- de las calamidades que ocurren a la Víctima. Y por último el Salvador, que es el que interviene en favor de la Víctima y la libera del daño que le causa el Perseguidor.

Todos jugamos estos roles de forma más o menos intensa y frecuente en nuestro día a día, y el hacer el esfuerzo por identificar y entender los patrones de comportamiento que en nuestro caso concreto llevan asociados, es el primer paso para conseguir romper este ciclo de victimismo. Con la idea de ayudarte en este esfuerzo, en sucesivas publicaciones vamos a describir con más detalle cada uno de los papeles o roles, para que te sea más fácil seguirles la pista.

Profundizando el papel de Víctima:

La víctima puede estar a la defensiva, ser sumisa, excesivamente servicial o acomodaticia a los deseos de otros, adoptar una actitud pasivo-agresiva en los conflictos, depender de otros para tener sensación de la propia valía, ser extra susceptible, o incluso manipuladora. Está con frecuencia enfadada, o resentida, o envidiosa. No reconoce su propio valor y/o se siente avergonzada de sus circunstancias.

Si te das cuenta, el ser sumiso, rendir la voluntad hasta en lo más pequeño, vivir el espíritu de servicio hasta el extremo de ser alfombra donde pisen nuestros hermanos, rendir el gusto propio ante el gusto de los demás, son aspectos en los que se insiste hasta la saciedad en el Opus Dei, hasta el punto de que mucha gente cuando sale no sabe qué cosas le gustan, por ejemplo. Del mismo modo que estas son características de la Víctima, cuando se promueve intensamente esa forma de actuar en una persona, ésta se acaba sintiendo una Víctima y genera un resentimiento y un enfado más o menos intensos hacia lo que identifica como su Perseguidor, en este caso claramente el Opus Dei. No es infrecuente, seguro que recuerdas muchos casos concretos en algunos de los cuales posiblemente eras tú la o él protagonista, en los que te has sentido Víctima y has reaccionado colocándote de forma sistemática a la defensiva, has adoptado actitudes pasivo-agresivas en tu relación con los Directores (Perseguidores), o te has vuelto muy susceptible ante todo lo que se te decía. También es fácil que después de muchos años en la institución te cueste ser consciente de todo tu valor personal y que te sientas avergonzado de alguna forma por haber estado tanto tiempo creyéndote una forma de vida de la que ahora te sientes tan ajeno.

Todas las Víctimas han experimentado una pérdida –un deseo o aspiración frustrada- incluso si no son conscientes de ello. Puede tratarse de una pérdida de libertad, o de salud, o del sentido de seguridad mínimamente necesario. Puede tratarse de una pérdida de identidad o incluso de “realidad”, como ocurre cuando una creencia sobre la que basábamos nuestra vida de repente se hace añicos.

Cuando se ha estado construyendo la vida sobre unos cimientos que se asumían sólidos e inquebrantables y un día se da uno cuenta de que no solo no lo eran, sino que se han venido abajo de forma estrepitosa, la sensación inicial es la de que nuestra realidad se desmorona. Por eso al dejar el Opus Dei es importante (cuantos más años pasados dentro, más importante) tomarse un tiempo para entender lo que ha pasado, de los cimientos destrozados recuperar lo que nos pueda servir o queramos conservar y minimizar de esta forma el sentido de pérdida para no caer en el victimismo.

La Víctima siente que ha perdido el control, cree que la vida no puede cambiar a mejor. Adoptando esa postura uno se siente impotente, indefenso, desamparado, sin esperanza y a merced de fuerzas “ocultas”. La Víctima reacciona ante esto con frecuencia con depresión o vergüenza; siente pena de sí misma.

Cuando al dejar el Opus Dei no nos damos un tiempo prudencial para evaluar la situación real que tenemos después del terremoto que acaba de sacudir nuestra vida, cuando nos precipitamos a tomar decisiones acerca de aspectos importantes e incluso trascendentes de nuestra vida sin tener claro lo que ha pasado, porqué ha pasado y la situación real en la que nos encontramos, es bastante probable que tomemos decisiones equivocadas que traerán irremediablemente consecuencias indeseadas. Al haber sido adoctrinados durante muchos años en la idea del rejalgar que nos esperaba si dejábamos la barca del Opus Dei, es probable que identifiquemos esas consecuencias indeseadas con dicho rejalgar haciendo realidad la maldita profecía, cuando en realidad esas consecuencias están con frecuencia vinculadas a las decisiones que tomamos después de salir. Entonces nos sentiremos indefensos, impotentes, sin esperanza de que las cosas puedan ir a mejor y a merced de fuerzas ocultas. Víctimas de nuestra traición al Opus Dei aunque en ocasiones nos neguemos a admitirlo de forma directa especialmente de cara a los demás. Las cosas no son fáciles al salir del Opus Dei especialmente cuando hemos pasado muchos años dentro en labores internas, como sacerdotes, etc, pero si adoptamos el papel de Víctimas de la institución solo las haremos más difíciles.

La identidad de la Víctima es la de “pobre de mí”. Esa forma de verse a sí mismo y a su experiencia vital, determina cómo se relaciona con los demás y con el mundo. El victimismo esconde de hecho una considerable cantidad de ego.

Los sentimientos que tiene la Víctima están basados en el miedo y producen ansiedad de varios tipos. Cuando el ser humano siente miedo está programado para reaccionar ante él, y lo hace de forma instintiva bien peleando, huyendo, o quedándose paralizado. Cuando está paralizado por el miedo se para y no hace nada que le acerque o le aleje de la causa de su miedo. Evita la responsabilidad porque piensa que su experiencia vital está más allá de su control. Por eso el aceptar la responsabilidad sobre la propia experiencia vital, como explicaba Elena en la segunda entrega del Triángulo Dramático, es un paso decisivo para abandonar el papel de Víctima.

Cuando adoptamos la posición de Víctima, estamos hiper-vigilantes, siempre anticipando (o intentándolo) el siguiente episodio de sufrimiento que tendremos que afrontar. Todo lo que vemos en la vida son problemas y más problemas, y esos problemas –bien sean personas o circunstancias- se convierten en nuestros Perseguidores, los causantes de nuestra miseria, que siempre tiene de esta forma su origen en causas externas a nosotros.

En el caso de los que hemos pertenecido al Opus Dei durante más o menos años de nuestra vida, esa hiper-vigilancia y ese estar siempre preparados para el siguiente golpe que se nos va a asestar, es algo que con frecuencia se queda enquistado y es costoso deshacerse de ello. Una de las formas que adopta, que no la única, es la del miedo al Perseguidor, al que identificamos con la Obra, y del que estamos constantemente esperando golpes bajos. Nos sentimos, incluso estando completamente desvinculados de la institución, Víctimas de sus malas artes, de su largo brazo, de su red de poder y manipulación. No nos atrevemos a decir públicamente nada en su contra a menos que sea desde detrás de un pseudónimo, no nos atrevemos a apoyar ninguna causa que al Opus Dei le pueda ser incómoda aunque a nosotros nos pueda parecer una cuestión de la más básica justicia, etc… Encontramos mil y una razones, todas ciertas, lícitas y respetables, que justifican el que no lo hagamos. Pero de hecho no lo hacemos por alguna clase de miedo a la Institución de la que aún nos sentimos Víctimas (miedo a disgustar a algún miembro de nuestra familia o amigo, miedo/vergüenza a que se sepa que hemos pertenecido al Opus Dei, miedo a que nos suponga algún problema en el trabajo, miedo a que nos limite nuestra capacidad de acción, miedo a que el Opus Dei nos pueda causar algún mal indefinido pero que damos como cierto o al menos muy probable). Y en el caso concreto que nos ocupa, el peligro es muchas veces real (otras solo fruto de nuestra imaginación), pero el miedo es opcional.

Quiero aclarar que el miedo de cada persona es digno del mayor de los respetos y no se trata en absoluto de juzgarlo ni de empujar a nadie a que actúe en contra de su corazón, sino de que cada uno sea consciente de él (incluso aunque de momento no lo reconozca ante los demás). Porque ese miedo, disfrazado de lo que se quiera con tal de que parezca algo más dignamente aceptable, es un miedo no reconocido y por lo tanto no asumido, que nos coloca de hecho en el papel de Víctima y desde ese papel nos relacionamos con el mundo y en concreto con la Institución de una manera concreta, que va a tener consecuencias específicas. Consecuencias cuya responsabilidad es conveniente que en algún momento asumamos, como hemos visto anteriormente.


Cada persona sigue un camino que es el suyo y se merece todo nuestro respeto. Pero para cada persona es importante ser consciente de cómo está andando ese camino, si con libertad o con miedo. El miedo siempre resta libertad, y el saber aunque sea de forma inconsciente que realmente tenemos miedo nos posiciona inmediatamente en el rol de la Víctima: pobre de mí, que tengo un claro Perseguidor como causa externa de mis desgracias o infortunios, contra el que no puedo hacer nada porque es todopoderoso, que no me permite mejorar mis circunstancias vitales o no me permite tener la vida que yo querría tener porque me da miedo lo que pueda hacerme si lo intento. Es decir, que no me dejaba ser libre cuando estaba dentro y tampoco ahora que estoy fuera. Pobre de mí.

Identificar este rol en nuestra vida es el primer y más importante paso para elegir no interpretarlo.

lunes, 10 de noviembre de 2014

El Triángulo Dramático (II)

Elena Longo


El “Perseguidor”

Ya dije que puede pasar que el rol de Victima esconda un Perseguidor (no puede pasar lo contrario). Aunque esta afirmación pueda parecer paradójica, se llega a entender muy fácilmente si pensamos en estas personas que todos hemos conocido que, a fuerza de declararse víctimas de determinadas circunstancias o personas, acaban por volverse auténticos perseguidores para los que conviven con ellos.

La auténtica Víctima es la que no tiene autoestima. La que en cambio se disfraza de Víctima para ser un Perseguidor más eficaz sí tiene autoestima, y menosprecia a los que mete en situación de parecer perseguidores.

El Perseguidor es vengativo, no aprueba nunca lo que hacen los demás, para él las normas, las reglas, los principios, las leyes, las costumbres,... siempre son más importante de las personas concretas, y siempre se siente en el derecho de juzgar y condenar a los demás y a sus actuaciones. ¿Os suena?

Es necesario, antes que nada, tomar consciencia de que nadie puede asumir el papel de juzgarnos, así como nosotros no tenemos el derecho de juzgar a los demás. Hay que aprender a no dejar entrar dentro de nosotros el juicio de los demás, y si ya entró aprender poco a poco a echarlo fuera. Puede ser un trabajo interior largo y algo dificultoso, que tarde años en realizarse, pero al menos tenemos que saber que esta es nuestra meta: llegar a tener nuestro centro “dentro”, y no “fuera”, de nosotros mismos. Los demás pueden entrar dentro de nosotros mismos, de nuestra intimidad, sólo con nuestra autorización.

Hay dos riesgos concretos: ser Víctima de un Perseguidor, o en cambio ser un Perseguidor. Y aunque para una persona que acaba de salir del Opus Dei parece más probable el primer riesgo, en realidad es muy posible que, aunque se rechace ahora la Institución y el tiempo que vivimos dentro, se siga interiormente –y a menudo también exteriormente- con una actitud de juicio, de acatamiento a normas y criterios, de condena hacia quien no piensa y/o no actúa según principios que interiorizamos y que aún no hemos llegado a cribar con sentido crítico y madurez humana.

Yo he encontrado bastantes “ex” que, aún ya fuera del Opus Dei y quizá criticándolo duramente, siguen con muchos tics típicos de la institución: en la forma de decorar sus casas, de vivir su religión, de vestirse y de organizar sus jornadas, etc... Puede ser bastante difícil convivir con una persona que no “acabó de salir”, y de hecho de alguna forma esta persona se vuelve un Perseguidor para su prójimo, porque minusvalora y desprecia actuaciones, sentimientos y formas de ser que sigue considerando como “poco sobrenaturales” o faltos de “tono humano”, por ejemplo.

Como ya dije anteriormente, hablando de los riesgos al actuar como Víctima, tampoco se trata de hacer todo lo contrario, como forma de reaccionar a un mundo al que nos hemos rebelado: seguir actuando y juzgando como siempre hemos hechos, y rebelarnos en bloque a todas estas formas de actuar y de juzgar, son las dos caras de la misma moneda. “Reacción”, como digo, es decir: una respuesta a empujes que  nos llegan de nuestro exterior, y no “actuación”, es decir, una acción que brota de nuestro ser profundo y auténtico, de nuestra libertad. Y en estas actuaciones habrá quizá cosas que aprendimos en nuestra familia de origen y que encontramos codificadas en la Obra y que siguen siendo válidas para nosotros, otras que igualmente nos propusieron en uno, u otro, o ambos ambientes y que ya rechazamos, y otras aún que no aprendimos en el pasado y que ahora aprendemos a valorar y deseamos realizar. Pero si lo que decidimos seguir considerando válido en nuestra vida no llega desde el exterior, sino desde nuestra libertad interior, nunca vamos a obligar a los demás a cumplirlo como un verdadero Perseguidor. Como ya apunté, la actitud que nos puede volver un Perseguidor, aunque disfrazado, es la de pensar que la nuestra es la única forma de actuar, opinar, o juzgar correcta, despreciando, aunque sólo implícitamente, la libertad de los demás.

El “Salvador”

El Salvador, como el Perseguidor, infravalora a la Víctima, pero mientras el Perseguidor se aprovecha de su debilidad para hacerla sufrir y triunfar sobre ella, el Salvador interviene en las vidas de los demás  para sentirse superior, y porque piensa que cada cual no tiene capacidad de pensar y actuar por si mismo. Al lado de un Salvador, las personas nunca se vuelven mayores y autónomas, a menos que consigan romper las reglas del juego del Triangulo dramático.

También en el caso del Salvador, encontramos ejemplos muy concretos en nuestra experiencia si pensamos en esas personas que siempre tienen en sus labios la frase “Lo hago por tu bien”, sobreentendiendo que conocen nuestro bien mejor que nosotros.

Como es fácil darse cuenta, ni la Víctima, ni el Perseguidor, ni el Salvador son posiciones sanas, ni una es mejor o peor de otra. En los tres casos, se actúa y se orienta la propia existencia no haciéndose responsable de si mismo, sino vertiendo hacia fuera de nosotros nuestra energía vital. También es importante darse cuenta de que los demás pueden actuar con nosotros como Victima, Perseguidor o Salvador solo si nosotros les damos el permiso, aunque tan solo de forma implícita. Más aún: la mayoría de las veces que otros actúan con nosotros según alguno de los tres roles, muy probablemente es porque nosotros los hemos atraídos actuando con el rol complementario.

Como dejar de jugar en el Triangulo dramático

Es importante tener en cuenta que las personas que juegan con el Triángulo dramático nunca adoptan un único rol: se pasan de uno al otro según las circunstancias, por esta razón es importante ser consciente de los tres mecanismos.

Para salir de esta situación, antes que nada, hay que experimentar y aprender que las decisiones de cambio y mejoría de los demás no dependen de nosotros, que el único ámbito de libertad y responsabilidad es la vida personal. Esto no quiere decir vivir de forma egoísta y desentendiéndose de los demás, sino estar abiertos a la ayuda y a la solidaridad, pero solo cuando estas son solicitadas y requeridas por los interesados, y dejando que las personas sean fundamentalmente libres –exteriormente y más aún interiormente- de aceptar o de rechazar nuestra ayuda por no considerarla idónea a su situación.

No es cierto que cada uno de nosotros tiene la responsabilidad de “salvar” al mundo o a las personas. Ya pasó el tiempo de hacer cruzadas. Una de las pocas cosas que siguen gustándome de Camino es la frase inicial del p.1 “Que tu vida no sea una vida estéril...”, es el “transire benefaciendo” que nos recordaban a menudo. Pero esto no a costa de las personas, no machacándoles “por su bien” (perdón por el abuso de comillas). Nuestra responsabilidad principal es vivir bien, lo mejor posible, nuestra vida personal, y de esta forma mejorar un poco el mundo en el que vivimos, y estar abiertos a ayudar, si está en nuestras manos, a los que nos piden ayuda. Si todos viviesen con esta actitud, aunque muy poco a poco, el mundo realmente mejoraría. Si en cambio todos luchasen para convencer a los demás de que deben vivir como a ellos les parece acertado, el mundo se volvería un gran campo de batalla.

Se aprende mucho más por pruebas y errores que escarmentando en cabeza ajena.


¡Feliz aprendizaje para todos!

lunes, 3 de noviembre de 2014

El Triángulo Dramático (I)

por Elena Longo


Hay una teoría psicológica que nos puede proporcionar algunas reflexiones útiles en nuestra situación de personas que acaban de salir de una institución totalizadora como el Opus Dei.

Antes de exponerla, creo que puede ser útil pararnos para hacer unas consideraciones: cuando hablamos de “teoría” hablamos de un “modelo de la realidad”, no de la realidad misma. Por esta razón habrá unos aspectos de la realidad que se escapan de este modelo. Esto no quiere decir que la teoría que estamos utilizando sea equivocada, sino que es más o menos útil para manejar nuestra realidad: este es su límite y su valor.

Como ninguna teoría llega a comprender toda la realidad, es posible utilizar en nuestra labor de reconstrucción varias teorías, según el trabajo que vemos más urgente realizar sobre nosotros mismos.

El Analisis Transaccional (AT) es una teoría psicológica enunciada por Eric Berne, que fija su atención sobre las relaciones interpersonales más que sobre la interioridad personal. Esta teoría describe entre otras cosas una forma de vivir e interpretar nuestras vivencias, que es interpretando unos papeles o roles concretos que quedan muy bien descritos por el llamado Triángulo Dramático:



 



 En muchas relaciones disfuncionales se actúa según estos papeles, que pueden ser interpretados indistintamente por una misma persona según la situación en la que se encuentra.

La “Víctima”

En los post recientes se ha hecho repetidamente alusión a la importancia de hacernos responsables de nuestra vida. Es muy importante entrar en esta óptica, porque también podemos interpretar nuestro paso por el Opus Dei como el resultado de una violencia que nos ha sido perpetrada.

Esta circunstancia puede ser cierta, pues la mayoría hemos sido captados en edad temprana, con insistencia hasta el acoso, quitándonos o al menos menguándonos la libertad interior con argumentos de autoridad y empujándonos a no buscar consejo y orientación en nuestros padres o en personas ajenas a la Institución.

Esto es cierto, digo, pero el asumir este enfoque no nos ayuda en absoluto a la hora de sanar el daño que nos ha causado esa coacción.

Por otro lado es también cierto que siempre tenemos la posibilidad de dejar de actuar como víctimas y empezar a actuar como dueños de nuestra existencia, sean cuales fueran nuestras circunstancias exteriores. Si no fuera así, no estaríamos aquí, ya fuera, intentando reconstruirnos de la forma mejor.

Ser Víctima solo es posible cuando nos minusvaloramos a nosotros mismos. Es importante darse cuenta de que no puede haber ni Perseguidor ni Salvador si no hay alguien dispuesto a hacer de Víctima. Dicho de otra forma: está  en tu poder, en cuanto tomas consciencia de obrar según un papel de Víctima, dejar de jugar este papel y cambiar las cartas sobre la mesa.

Una Víctima actúa porque sufre una violencia desde su exterior. En cualquier momento podemos decidir dejar de actuar según los empujes exteriores y empezar a actuar según nuestra consciencia y nuestras más hondas y auténticas necesidades.

Lo que nos impide salir del papel de Víctima es precisamente el no tener consciencia de estar interpretando este papel que hemos asumido. Cuando nos damos cuenta, se abre una posibilidad concreta de dejar de actuar así. La consciencia de sí mismo, la atención dirigida al presente y a la actuación concreta que protagonizamos en el momento presente, es la clave para salir de cualquier actitud disfuncional que nos afecte.

En este momento puede haber varios riesgos:

1. El primero sería dejar de actuar como hasta ahora para hacer todo lo contrario de lo que nuestro Perseguidor nos impone: volvernos unos rebeldes. Aparentemente esto es un cambio, pero en el fondo nada cambia: nuestras acciones siguen siendo condicionadas desde el exterior, y seguimos no haciendo lo que nace del centro de nuestro ser, sino empujados por estímulos externos. Seguimos no “actuando”, sino “reaccionando”, aunque nuestra reacción sea de signo contrario a la actuación anterior. Nuestra atmósfera interior se queda amargada y resentida, seguimos dejando toda la responsabilidad de lo que hemos vivido sobre quien nos ha engañado y esto nos impide empoderarnos de nuestra existencia.

2. El segundo riesgo es pasar a actuar como un Perseguidor. Esta forma de actuar puede ser muy sutil y, por esta razón, pasar totalmente desapercibida. Hay una forma de ser Víctima que es un disfraz del Perseguidor: cuando la Víctima acusa el Perseguidor de ser la única causa de sus sufrimientos. Acusar a alguien de algo (desconociendo y negando al mismo tiempo nuestra cooperación al daño que hemos recibido) es una forma muy sutil de perseguir a alguien. En este caso seguimos viviendo a la sombra de la Institución, aunque sea para combatirla. Como todo Perseguidor,  no nos damos cuenta de serlo, y justificamos nuestro engreimiento con la razón de combatir una batalla justa. Pero nuestra vida no gira alrededor de nuestras necesidades reales, no estamos orientados a la felicidad positivamente, a las sencillas satisfacciones de la vida cotidiana, a nuestra independencia o a nuestro crecimiento interior. Dentro de nosotros aún no encontramos paz, y como en el caso anterior seguimos actuando empujados por razones exteriores, determinadas por la actuación de los demás y no por razones de vida constructivas y personales.

3. El tercer riesgo es el de optar por seguir actuando como Víctima, aunque en un contexto distinto: vivir toda nuestra salida del Opus Dei con actitud de Víctima, recriminando, acusando, evitando inconscientemente conseguir éxitos para castigar a quien nos usó, como si nuestra salida hacia una forma mejor de vivir atenuara la culpa de quien nos ha hecho daño.


Por todo lo dicho, se reconoce en estos riesgos una actitud escondida de violencia, de desquite, de resentimiento, que si no logramos superar amargará nuestra vida, que seguirá dando vueltas alrededor de la órbita de la Institución.


Los medios que nos permitirán salir positivamente del papel de Víctima son los mismos que nos permitirán salir de los otros dos papeles, y por esta razón hablaremos de ellos al final de la exposición. Sin embargo, ya es posible adivinar que la salida está en negarse a alimentar el juego del triángulo perverso.