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viernes, 14 de noviembre de 2014

No has perdido ningún tren



Isabel Sala



La sensación de haber perdido unos años preciosos de nuestra vida mientras estábamos en el Opus Dei es común a la mayoría de las personas que abandonan la Institución. Viene justo a continuación del darse cuenta de que hemos estado viviendo como en un mundo paralelo del que ahora hemos regresado para incorporarnos al mundo real, ese mundo en el que han estado viviendo todo el tiempo nuestros familiares, amigos, compañeros de trabajo, vecinos y conocidos.

Una de las primeras cosas de las que nos damos cuenta es de que la gente de nuestra edad e incluso mucho más joven que nosotros, ha cubierto un montón de “objetivos vitales” que nosotros no hemos cubierto, que no sabemos en ocasiones qué hacer para cubrir, o que incluso no podríamos ya cubrir aunque supiésemos cómo hacerlo. Se genera entonces una sensación de “haber perdido el tren”, y la tentación de correr para alcanzarlo es muy grande. Nos metemos así a veces en batallas para las que no estamos preparados, tomamos decisiones precipitadas, poco maduradas, que nos traen consecuencias negativas y en ocasiones difícilmente reparables.

La precipitación nos hace además perdernos una parte de la información que es muy valiosa, porque sin ella no tenemos una visión completa del cuadro. Esa información, que si nos damos un poco de tiempo aflora aquí y allá, nos dice que hay muchas personas que ni siquiera han oído hablar del Opus Dei en su vida, y que sin embargo tampoco han cubierto determinados objetivos vitales… y son muy felices y se sienten muy realizados en sus vidas.

Si nos diésemos cuenta de esto, posiblemente nos preguntaríamos cosas como: ¿cuáles son los objetivos que se supone que uno debe cubrir para “ser normal” como aparente sinónimo de “ser feliz”?, ¿quién determina esos objetivos?, ¿quién decide a qué edad una persona debe tenerlos cubiertos?, ¿qué ocurre si alguien no los cubre?

Que la mayoría de las personas se emparejen, no significa que todos “deban” hacerlo. Que la mayoría de los seres humanos tenga hijos no significa que todos tengamos que tenerlos y el que no los tenga ha fracasado o no pueda sentirse realizado en su vida. Que la mayoría de la gente tenga una casa propia (o más bien propia y del banco…) no significa que el que no la tenga es menos que los demás. Etcétera, etcétera, etcétera. Hay mucha gente que elige no tener hijos, o que ha tenido pareja y le salió mal y hoy no quiere volver a tenerla, o que no ha querido meterse en una hipoteca sangrante y ha optado por vivir siempre de alquiler. Están en nuestra misma circunstancia y no tienen sensación alguna de haber perdido ningún tren. Porque no lo han perdido.

“Sí Isa” –posiblemente estás argumentando en tu mente a la vez que lees esto-, “pero lo que les diferencia de nosotros es que ellos lo han planeado así y nosotros no tuvimos opción de planearlo”. ¿En serio…? ¿Uno planea su vida y las cosas le salen siempre como ha planeado...? Tú no has perdido ningún tren, lo que ha pasado es que pensaste o planeaste que tu vida sería de una forma y ha resultado ser de otra.

La segunda pregunta del párrafo anterior era evidentemente retórica; la respuesta es NO: las cosas en la vida no salen siempre como uno las ha planeado (algunos dirían incluso que casi nunca salen como uno las ha planeado…). Ya lo dice el refrán castellano: “El hombre propone y Dios dispone”, o lo que viene a ser lo mismo “haz los planes que quieras pero considera que Dios tenga otros y que le gusten más los suyos”.

Por ejemplo: una buena amiga mía y su marido querían tener cuatro o cinco hijos, pero en el embarazo del primero ella estuvo a punto de morirse y los médicos le rogaron encarecidamente que no se volviese a quedar embarazada si no quería dejar a su hijo huérfano. Como querían tener más hijos iniciaron un proceso de adopción que no pudieron culminar por avatares varios de la vida, no porque no hiciesen todo lo posible por conseguirlo. Al final se separó de su marido y olvidó el tema de la adopción, con lo que se convirtió en madre-de-un-solo-hijo, que es exactamente lo que ella NO quería, porque tenía muy claro que quería que su hijo tuviese la experiencia de tener hermanos. Con el tiempo aceptó que estaba bien tener un solo hijo y estaba trabajando en cómo hacer que su hijo tuviese muy cerca a los primos para que en la medida de lo posible supliesen la ausencia de hermanos, cuando el padre de su hijo volvió a casarse y tuvo un niño, con lo que su hijo tenía ya un hermano…como ella quería. El hombre propone y Dios dispone.

¿Te has parado a pensar que el hacer lo mismo que los demás hacen y parecen felices con ello, no es garantía de que a nosotros nos vaya a ir igual de bien? Dar por supuesto que la vida habría sido más fácil, más feliz y más satisfactoria si nos hubiésemos casado, si hubiésemos fundado una familia, etc, es realmente mucho suponer y no se ajusta a la realidad. Es jugar a la bola de cristal con efecto retroactivo, porque no hay forma de saber cómo habría sido nuestra vida si en lugar de haber sido del Opus Dei no lo hubiésemos sido. Ni siquiera sabemos si a estas alturas la película de nuestra vida ya habría finalizado.

Al final, lo cierto es que Dios siempre dispone las cosas de la mejor forma para cada uno, aunque cada uno no sea siempre capaz de verlo. A veces el paso del tiempo nos regala pedacitos de información inesperada que nos ayudan a comprender por qué Dios dispuso que las cosas no fuesen como nosotros las habíamos planeado, pero muchas veces ni siquiera tenemos esa información. Y el que no entendamos que lo que nos pasa en la vida es para nuestro mayor bien, no quiere decir que no lo sea. Prueba a aumentar la escala de tu mapa y mirarlo desde más arriba; quizás veas mejor el dibujo.

Leí una vez esto: “Toda mi vida puede describirse en una sola frase: nada fue como yo lo había planeado. Y está bien que sea así…”. Me parece que describe muy bien como es la vida de la mayoría de las personas, independientemente de que hayan pertenecido al Opus Dei o no. Una de las claves para ser feliz en la vida es el saber adaptarse a las cosas que nos pasan y sacar lo mejor de ellas: es totalmente lícito hacer planes para nuestra vida, pero cuando las cosas no ocurren como las habíamos planeado, podemos enrabietarnos y sentirnos fracasados o frustrados por ello, o bien podemos aceptar lo que la vida nos trae y cambiar los planes que tenemos partiendo de nuestra realidad. La clave del éxito está muchas veces en saber adaptarse, en ser flexible, en no aferrarse a ideas preconcebidas que con frecuencia ni siquiera han sido preconcebidas por nosotros mismos.

Confía en que el momento en el que te encuentras, desde una perspectiva global de tu vida, es el más adecuado para ti. Desde ese punto de partida, mira a tu alrededor. ¿Qué he aprendido en el camino?, ¿por qué he llegado hasta aquí?, ¿ qué tiene de bueno la situación en la que me encuentro?, partiendo de mi situación real actual ¿qué planes quiero hacer para mi vida?, ¿qué pequeños pasos tengo que empezar a dar para hacer esos planes realidad?

Lo que tienes ahora, en este momento, es lo único real. Con lo que es real puedes trabajar, puedes cambiarlo, puedes utilizarlo para conseguir otra cosa. Lo que podría haber sido es absolutamente irreal, no hay forma garantizar que las cosas habrían salido como tú lo imaginas. No pierdas el tiempo dando vueltas a lo que teóricamente podría haber sido y no fue, no te llevará a ningún lugar en el que ser feliz.

El momento presente es un regalo inmenso que encierra una gran potencialidad y eres TÚ el pintor que está de pie delante del lienzo en blanco de la vida que te queda por vivir. Mira qué colores tienes en tu paleta y que has ido adquiriendo a lo largo del camino; piensa en qué otros colores es posible conseguir y consíguelos, y con todos ellos disfruta cada momento pintando el mejor cuadro que seas capaz de pintar. Si la vida te ha dado muchos tonos de azul quizás lo suyo sería pintar una escena marina en lugar de empeñarse en pintar los campos de trigo llenos de amapolas en primavera… Y sobre todo, ¿quién ha dicho que un paisaje de campos de trigo con amapolas tiene que ser mejor o más bonito que otro del Mediterráneo de azules infinitos?


No has perdido ningún tren. Lo que pasa es que tomaste un tren planeando ir a Grecia cuando la mayoría de tus amigos tomaron un vuelo para Egipto. Luego decidiste bajarte y resulta que estabas en Suiza... Si empleas tu tiempo en lamentar que quizás ya nunca puedas ver las pirámides cuando todos tus amigos las han visto, no podrás disfrutar de las pistas de esquí en los Alpes. Además, ¿quién sabe...?, Suiza tiene aeropuertos internacionales…

jueves, 13 de noviembre de 2014

El momento presente



Isabel Sala

Cuando se sale del Opus Dei, la sensación inicial es con frecuencia semejante a la de haber estado viviendo en un mundo paralelo que en ocasiones poco tiene que ver con el mundo real en el que estamos ahora. Los motivos por los que cada cual ha dejado la Institución o ha sido dejado por ella son muchos y variados. Siempre hay una o unas causas concretas que nos empujan a dar ese paso hacia afuera, pero una vez estamos fuera, empezamos a ver toda la experiencia Opus Dei con otra luz y otra perspectiva. Empezamos a darnos cuenta de cosas que estando dentro ni nos habíamos cuestionado, escuchamos las experiencias de otras personas que también pasaron por nuestro mismo proceso y la luz de lo que ellos cuentan nos hace más conscientes de muchos aspectos de nuestra propia experiencia en los que no habíamos caído.

Empezamos a entender muchas cosas, encontramos respuestas claras a preguntas nunca formuladas de forma consciente pero que nos pesaban en el subconsciente. El paso del tiempo y la mayor perspectiva sobre los acontecimientos que lleva asociada, nos hacen ver con frecuencia nuestros años e el Opus Dei como una pérdida de tiempo, como algo improductivo, o incluso como algo equivocado. Algo que nos gustaría borrar del libro de nuestra vida, o cambiarlo y modificarlo de acuerdo al conocimiento que tenemos hoy. Errores que cometimos, contestaciones que no dimos, firmeza que no mostramos…

La tentación de mirar hacia atrás con frecuencia es grande. Y mirar hacia atrás es bueno e incluso necesario para comprender lo que ha pasado, porqué ha pasado, qué hicimos o no hicimos de forma adecuada y qué consecuencias ha tenido en nuestra vida; es decir, para aprender. Pero fuera de eso, el entretenerse en los más mínimos detalles de los atropellos sufridos o producidos por nosotros y en cómo las cosas podrían haber sido distintas si hubiésemos actuado de forma diferente, no lleva a ningún lado mental y/o emocionalmente saludable.

El pasado no existe salvo cuando lo hacemos presente en nuestra mente. No existe; ya no. Pero la mente es capaz de rememorar las cosas vividas de forma tan fidedigna que nos da a veces la sensación de que es real. Volvemos a sentir las emociones que sentimos en el momento rememorado, recordamos la música que sonaba, cómo olía, cómo íbamos vestidos… Tenemos sensación de realidad, pero en verdad eso que rememoramos solo existe en nuestra mente. Y como no es real, no podemos cambiarlo. Podemos no repetirlo, pero no cambiar lo que hicimos; incluso si lo hicimos ayer.

El futuro tampoco existe, eso resulta más evidente. El futuro será en función de lo que hagamos ahora, cada día, cuando ese día sea presente. El futuro está abierto a infinidad de posibilidades, y está en tu mano tomar las decisiones que te acerquen en ese futuro al que quieres llegar. Por eso, una vez aprendidas las lecciones del pasado, es necesario dejarlo ir y poner el foco de la atención en el momento presente, que es el lugar en el que ocurre la vida y el momento en el que tenemos capacidad real de actuar, de ser creativos, de llevar las riendas y dirigir nuestra vida hacia donde queremos que vaya.

Si necesitas algo que te motive para actuar en el momento presente, mira hacia el futuro que quieres construir. El futuro es la referencia que me va diciendo si los pasos que voy dando en el presente son los adecuados o no: si me acercan a lo que quiero en mi futuro son adecuados y si me alejan no lo son. O también puede ocurrir que en un momento dado decidamos cambiar el diseño de nuestro futuro y entonces los pasos a dar para alcanzarlo tendrán que ser diferentes a los que inicialmente habíamos planeado y/o veníamos dando… Pero el futuro no pasa de ser en ningún caso una referencia. La calidad de tu vida te la juegas en el presente. Y lo bueno de esto es que en el momento que te das cuenta de que algo “ha salido mal” o no funciona como tú crees que debería, siempre tienes un nuevo momento-presente recién estrenado en el que puedes actuar y enmendar o corregir lo que te parezca que debe ser enmendado o corregido.

En el momento presente eres muy poderoso, tienes la capacidad de hacer, de actuar, de cambiar las cosas. Así que puedes emplear un tiempo precioso dándole vueltas a algo que ya no existe y que por lo tanto no tienes poder alguno para modificarlo, o puedes emplear esas mismas energías en construir la vida que quieres  vivir. Está en tus manos elegir y abrazar las consecuencias que de ello se deriven. Ahora eres libre.

lunes, 10 de noviembre de 2014

El Triángulo Dramático (II)

Elena Longo


El “Perseguidor”

Ya dije que puede pasar que el rol de Victima esconda un Perseguidor (no puede pasar lo contrario). Aunque esta afirmación pueda parecer paradójica, se llega a entender muy fácilmente si pensamos en estas personas que todos hemos conocido que, a fuerza de declararse víctimas de determinadas circunstancias o personas, acaban por volverse auténticos perseguidores para los que conviven con ellos.

La auténtica Víctima es la que no tiene autoestima. La que en cambio se disfraza de Víctima para ser un Perseguidor más eficaz sí tiene autoestima, y menosprecia a los que mete en situación de parecer perseguidores.

El Perseguidor es vengativo, no aprueba nunca lo que hacen los demás, para él las normas, las reglas, los principios, las leyes, las costumbres,... siempre son más importante de las personas concretas, y siempre se siente en el derecho de juzgar y condenar a los demás y a sus actuaciones. ¿Os suena?

Es necesario, antes que nada, tomar consciencia de que nadie puede asumir el papel de juzgarnos, así como nosotros no tenemos el derecho de juzgar a los demás. Hay que aprender a no dejar entrar dentro de nosotros el juicio de los demás, y si ya entró aprender poco a poco a echarlo fuera. Puede ser un trabajo interior largo y algo dificultoso, que tarde años en realizarse, pero al menos tenemos que saber que esta es nuestra meta: llegar a tener nuestro centro “dentro”, y no “fuera”, de nosotros mismos. Los demás pueden entrar dentro de nosotros mismos, de nuestra intimidad, sólo con nuestra autorización.

Hay dos riesgos concretos: ser Víctima de un Perseguidor, o en cambio ser un Perseguidor. Y aunque para una persona que acaba de salir del Opus Dei parece más probable el primer riesgo, en realidad es muy posible que, aunque se rechace ahora la Institución y el tiempo que vivimos dentro, se siga interiormente –y a menudo también exteriormente- con una actitud de juicio, de acatamiento a normas y criterios, de condena hacia quien no piensa y/o no actúa según principios que interiorizamos y que aún no hemos llegado a cribar con sentido crítico y madurez humana.

Yo he encontrado bastantes “ex” que, aún ya fuera del Opus Dei y quizá criticándolo duramente, siguen con muchos tics típicos de la institución: en la forma de decorar sus casas, de vivir su religión, de vestirse y de organizar sus jornadas, etc... Puede ser bastante difícil convivir con una persona que no “acabó de salir”, y de hecho de alguna forma esta persona se vuelve un Perseguidor para su prójimo, porque minusvalora y desprecia actuaciones, sentimientos y formas de ser que sigue considerando como “poco sobrenaturales” o faltos de “tono humano”, por ejemplo.

Como ya dije anteriormente, hablando de los riesgos al actuar como Víctima, tampoco se trata de hacer todo lo contrario, como forma de reaccionar a un mundo al que nos hemos rebelado: seguir actuando y juzgando como siempre hemos hechos, y rebelarnos en bloque a todas estas formas de actuar y de juzgar, son las dos caras de la misma moneda. “Reacción”, como digo, es decir: una respuesta a empujes que  nos llegan de nuestro exterior, y no “actuación”, es decir, una acción que brota de nuestro ser profundo y auténtico, de nuestra libertad. Y en estas actuaciones habrá quizá cosas que aprendimos en nuestra familia de origen y que encontramos codificadas en la Obra y que siguen siendo válidas para nosotros, otras que igualmente nos propusieron en uno, u otro, o ambos ambientes y que ya rechazamos, y otras aún que no aprendimos en el pasado y que ahora aprendemos a valorar y deseamos realizar. Pero si lo que decidimos seguir considerando válido en nuestra vida no llega desde el exterior, sino desde nuestra libertad interior, nunca vamos a obligar a los demás a cumplirlo como un verdadero Perseguidor. Como ya apunté, la actitud que nos puede volver un Perseguidor, aunque disfrazado, es la de pensar que la nuestra es la única forma de actuar, opinar, o juzgar correcta, despreciando, aunque sólo implícitamente, la libertad de los demás.

El “Salvador”

El Salvador, como el Perseguidor, infravalora a la Víctima, pero mientras el Perseguidor se aprovecha de su debilidad para hacerla sufrir y triunfar sobre ella, el Salvador interviene en las vidas de los demás  para sentirse superior, y porque piensa que cada cual no tiene capacidad de pensar y actuar por si mismo. Al lado de un Salvador, las personas nunca se vuelven mayores y autónomas, a menos que consigan romper las reglas del juego del Triangulo dramático.

También en el caso del Salvador, encontramos ejemplos muy concretos en nuestra experiencia si pensamos en esas personas que siempre tienen en sus labios la frase “Lo hago por tu bien”, sobreentendiendo que conocen nuestro bien mejor que nosotros.

Como es fácil darse cuenta, ni la Víctima, ni el Perseguidor, ni el Salvador son posiciones sanas, ni una es mejor o peor de otra. En los tres casos, se actúa y se orienta la propia existencia no haciéndose responsable de si mismo, sino vertiendo hacia fuera de nosotros nuestra energía vital. También es importante darse cuenta de que los demás pueden actuar con nosotros como Victima, Perseguidor o Salvador solo si nosotros les damos el permiso, aunque tan solo de forma implícita. Más aún: la mayoría de las veces que otros actúan con nosotros según alguno de los tres roles, muy probablemente es porque nosotros los hemos atraídos actuando con el rol complementario.

Como dejar de jugar en el Triangulo dramático

Es importante tener en cuenta que las personas que juegan con el Triángulo dramático nunca adoptan un único rol: se pasan de uno al otro según las circunstancias, por esta razón es importante ser consciente de los tres mecanismos.

Para salir de esta situación, antes que nada, hay que experimentar y aprender que las decisiones de cambio y mejoría de los demás no dependen de nosotros, que el único ámbito de libertad y responsabilidad es la vida personal. Esto no quiere decir vivir de forma egoísta y desentendiéndose de los demás, sino estar abiertos a la ayuda y a la solidaridad, pero solo cuando estas son solicitadas y requeridas por los interesados, y dejando que las personas sean fundamentalmente libres –exteriormente y más aún interiormente- de aceptar o de rechazar nuestra ayuda por no considerarla idónea a su situación.

No es cierto que cada uno de nosotros tiene la responsabilidad de “salvar” al mundo o a las personas. Ya pasó el tiempo de hacer cruzadas. Una de las pocas cosas que siguen gustándome de Camino es la frase inicial del p.1 “Que tu vida no sea una vida estéril...”, es el “transire benefaciendo” que nos recordaban a menudo. Pero esto no a costa de las personas, no machacándoles “por su bien” (perdón por el abuso de comillas). Nuestra responsabilidad principal es vivir bien, lo mejor posible, nuestra vida personal, y de esta forma mejorar un poco el mundo en el que vivimos, y estar abiertos a ayudar, si está en nuestras manos, a los que nos piden ayuda. Si todos viviesen con esta actitud, aunque muy poco a poco, el mundo realmente mejoraría. Si en cambio todos luchasen para convencer a los demás de que deben vivir como a ellos les parece acertado, el mundo se volvería un gran campo de batalla.

Se aprende mucho más por pruebas y errores que escarmentando en cabeza ajena.


¡Feliz aprendizaje para todos!

sábado, 8 de noviembre de 2014

Tu vida en tus manos



Isabel Sala

El tomar responsabilidad por las cosas que nos ocurren es de capital importancia en la reconstrucción de nuestra vida. 

Al reconocernos responsables, nos reconocemos como agente que produce resultados, y por lo tanto que tiene la capacidad de producirlos en un sentido o en otro.

No importa lo que ha ocurrido en el pasado, importa que aquí y ahora tienes todo el poder en tus manos para hacer de tu vida la vida que quieres vivir.

Enhorabuena!! 

viernes, 17 de octubre de 2014

El significado de lo que te pasa

por Isabel Sala



Cada uno de nosotros dotamos de contenido nuestra realidad. Un mismo acontecimiento puede ser interpretado de muchas formas distintas. Una vez nos cerramos en un punto de vista, no tenemos otra opción sino ver las cosas de esa forma.

La mala noticia es que es esa interpretación que hacemos de lo que nos pasa lo que nos genera estrés, desasosiego, tristeza… y no tanto lo que ha ocurrido en sí mismo. 

La buena noticia es que en todo momento está en nuestra mano cambiar eso que pensamos, y por lo tanto lo que sentimos y lo que hacemos cuando respondemos.

Las cosas en sí mismas no tienen un significado, tienen el significado que elegimos asignarles. Ante una misma situación podemos decir “tengo un problema enorme que siento que me aplasta y me inmoviliza, todo me pasa a mí…”, o “tengo un reto delante y voy a ver qué puedo aprender de esta situación difícil que estoy atravesando”, etc.

Cuando te sorprendas a ti mismo haciendo una interpretación de algo que te ha pasado, hazte estas cuatro preguntas:

    - ¿Estoy 100% seguro de que mi interpretación de lo ocurrido es totalmente cierta?

       - La interpretación que hago de lo ocurrido, ¿me hace feliz o infeliz? 
   
       - ¿De qué otra forma puedo interpretar esta situación?

     - ¿Cuál de estas dos formas de interpretar el mismo hecho quiero elegir?

-         
Lo que estamos haciendo con estas preguntas es que la mente tome un poco de distancia y se abra a observar lo ocurrido desde otra perspectiva y a considerar nuevas posibilidades. Generalmente, esa mínima distancia nos hace ver la situación, circunstancia, o persona con la que sentimos tener un conflicto de otra forma, y la nueva interpretación que hacemos nos hace sentirnos mejor, o menos mal, que la primera.

Entonces nos podemos preguntar: ¿quiero mantener la primera interpretación que me generaba tanto malestar, o prefiero quedarme con la segunda que me hace sentirme mejor?; ¿quiero ir por ahí peleado con el mundo y culpando al universo todo por la forma en la que me siento?

Al principio te puede resultar extraño ese cambio consciente de perspectiva y esa búsqueda voluntaria de nuevos contenidos para las cosas que te ocurren, puesto que has estando interpretando la realidad de la primera forma durante mucho tiempo, quizás años, o quizás desde siempre.

Sin embargo, aferrarse al resentimiento y sentirse mal acerca de algo no conduce nunca a una vida feliz y satisfactoria. ¿Qué puedes perder por intentar hacer las cosas de forma diferente a partir de ahora?

Nadie excepto cada uno de nosotros es responsable de la forma en la que nos sentimos, porque la forma en la que nos sentimos depende del significado que elegimos dar a las cosas que nos pasan.